lunes, 21 de agosto de 2017

El karma de Ibarzábal




 Pedro Marqués de Armas

 Mientras buscaba en Internet la pasada semana artículos sobre Rafael Blanco, caricaturas, dibujos o viñetas suyas, siempre con la esperanza de dar con aquel “Árbol genealógico” que tanto me impresionara, allá por 1992, y que conocí de manos de Carmen Paula Bermúdez (la copia zozobró y apenas conservo remedo en la memoria), tropecé con un –digamos así– inquietante poema de Federico Ibarzábal donde el dibujante hace una entrada fantasmal.

 Aclaro que se trata de un loable poema de época tan olvidado como su autor:

 Esa calleja en sombras, hecha para un apunte
al lápiz como aquellos que hiciera Rafael Blanco;
y esa misma silueta, vaga, del transeúnte,
y aquella pordiosera que duerme sobre un banco,

 tienen la milagrosa virtud evocativa
de lo que presenciamos hace tiempo. Quizás
en uno de esos seres anónimos quien viva
con el alma que tuvo hace siglos... Es más

 estrecha, sin embargo, esta calle de ahora,
pero el cielo es el mismo; el cielo de cobalto
que viera hace cien años, en la trasnochadora
andanza de mis lances...

 Basten estas estrofas para orientarnos en “Salmo del trasnochador”: cierto prosaísmo, ambiente urbano, más bien discreto, y una ficción del pasado del propio poeta que asume, sin más, el leitmotiv de la reencarnación. El poema va subiendo de tono pero, por fortuna, no pierde fantasmalidad, ni esa errancia de claroscuros que se esfuma, finalmente, como mismo se diluye Rafael Blanco en apenas unos versos.
     
 Ibarzábal hace entrar al dibujante en su poema, lápiz en mano, con la misma delicadeza con que hace entrar su espectro, acompañado de viandantes y mendigos. Hay en el apunte, bien visto, y en el deslizamiento de un nombre, algo sombrío.

 Inevitable pensar en el soneto de Baquero “El huésped”, donde el autor de Magias e invenciones se hacía visitar por el fantasma del malogrado poeta René López. Verso a verso, Baquero lo va vistiendo, como si de animar una momia se tratase: limpia sus ojos, le pone sombrero (su sombrero) y hasta le ofrece “unas corbatas color de azul celeste”, porque solo así, vestido, se puede hablar del más allá con un espíritu amedrentado que se arroja en brazos y echa a llorar.


 Al igual que Rafael Blanco, la presencia de René López es comedida, si bien no velada. Se trata, en cada caso, de visitantes que fluyen en armonía por unos versos que apenas habitan. Blanco, un trazo fugaz al amanecer, y López, un efímero retrato nocturno.

 Ambos fantasmas llevan a otro, muy distinto: el de Julián del Casal en el poema de Piñera “Naturalmente en 1930”. En noche ahora más negra, “entre tantas insondables”, tiene lugar el encuentro. Más que visitación, es una visión a la que el poeta interroga: Piñera ve a Casal “arañar un cuerpo liso” y hacerlo con tal vehemencia que sus uñas se rompen, mientras a su pregunta responde que “adentro estaba el poema”. Fantasma real, nadería física, Casal se pierde en una cruda intemperie.

 Federico de Ibarzábal, supremo olvidado, gozó en su época de reconocimiento como poeta de su karma. Salvador Rueda prologó uno de sus libros. Lamar Schweyer escribió un encendido ensayo sobre su poesía, y Federico de Onís lo incluyó en su prestigiosa Antología de la poesía española e hispanoamericana (1934).

 “Salmo del trasnochador” podría ser uno de sus mejores poemas. Apareció en Cuba Contemporánea en 1923, como parte del “libro en prensa” Castillos en el aire.

 Ya había publicado Huerto lírico (1913), El balcón de Julieta (1916) y Una ciudad del Trópico (1919), entre otros. Poeta desigual, más a menudo endeble, recuerdo ahora dos buenos sonetos suyos: “Lienzos marinos” y “Casino tropical”. Si la atmósfera del primero –en realidad una serie– es plácida, la del segundo, irónica y opresiva, deja reconocer la acidez de algunos cartones de Rafael Blanco.

 Es el mismo casino fantásticamente recreado por Wallace Stevens en su “Discurso académico en La Habana”, con sus cisnes abatidos por un ciclón y la “excéntrica calma” del pueblo ante un mítico Rey Maní.


 Lamar Schweyer dijo de él: “No hay poeta cubano más complicado que Ibarzábal”. Elogia sus poemas épicos (Gesta de héroes, 1918) en virtud de “imágenes sangrientas” e “ideas fuertes”, pero lo tacha de espíritu vacilante y llegar a decir que le produce vértigo, al cambiar, en Una ciudad del Trópico, hacia una poesía frívola, fácil y risueña.

 Ve en el carácter urbano de los versos, un Carnaval, una “extraña mezcla de lo moderno y lo viejo”, y denuesta que el poeta –no grande, pero sí “gran sensitivo”– no logre hacerse de estilo propio, como Valle Inclán.
 
 Y no lo hay, claro. Pero es el ambiente propicio de los años de alza económica, cuando el dinero corre en “la ciudad picante y loca /… engarzada en una roca/ como un diamante colosal…”. Sonetos y rimas coloniales, a la vez postal antigua y crédito moderno, cualidad de una época donde se insinúa, sin embargo, algo de ironía tras la asumida frivolidad.

 Como novelista, Ibarzábal también ha sido olvidado. Se le recuerda un tanto por sus cuentos y relatos, casi todos posteriores al grueso de su obra poética. Y acaso resalte más por su antología del cuento cubano, primera de su tipo, publicada por la Editorial Trópico en 1937, y por su pertenencia al Grupo Minorista. 

 Al igual que Serpa, Montenegro, y Novás Calvo, cultivó el tópico marítimo, y la violencia, en general; pero suele reconocerse únicamente destellos en su conradiano “Todo bien a bordo”. En otra narración loable, recrea, con realismo, el linchamiento de Ainciart, el jefe de la policía machadista:

  “Alguien trae una cuerda. La escena es bajo un farol del alumbrado público que acaba de encenderse. Un relente macabro, de pesadilla y obsesión, flota sobre la plaza. Hay un griterío ensordecedor. Un hombre trepa ágil al palo. Amarra la cuerda en lo alto y desciende. Otros han pasado un lazo por el cuello del jefe de la policía. Lo izan. Van a “ahorcar” el cadáver... Pero la cuerda se rompe y el cuerpo cae a tierra, rebotando como una pelota sobre el embaldosado. La gente ríe. Unos se cubren el rostro con las manos o vuelven la cara. Tres o cuatro descargan puntapiés que suenan a hueco, y lo escupen. Muy de noche se lo llevan de la ciudad”.


 En 1983 Enrique Sainz recogió y prologó bajo el título “La isla de los muertos y otros relatos” algunas de sus ficciones, y hace pocos años lo desempolvó nuevamente en un ciclo de conferencias sobre autores olvidados organizado por el Centro Alejo Carpentier. Más reciente, en 2014, la investigadora Cira Romero ha reunido sus mejores piezas bajo el título de La mujer de yeso y otros relatos.

 Pero volvamos al Ibarzábal trasnochador a la caza de su propio fantasma en otras vidas, ingenuamente encubridor de un pasado de glorias pero aun así, por qué no, todavía algo inquietante.   

            Salmo del trasnochador

 Estos amaneceres mágicos tienen una
transparencia inconsútil como gasas de olvido...
Yo he paseado otra vida bajo esta misma luna;
estos amaneceres ya yo los he vivido.

 Esa calleja en sombras, hecha para un apunte
al lápiz como aquellos que hiciera Rafael Blanco;
y esa misma silueta, vaga, del transeúnte,
y aquella pordiosera que duerme sobre un banco,

 tienen la milagrosa virtud evocativa
de lo que presenciamos hace tiempo. Quizás
en uno de esos seres anónimos quien viva
con el alma que tuvo hace siglos... Es más

 estrecha, sin embargo, esta calle de ahora,
pero el cielo es el mismo; el cielo de cobalto
que viera hace cien años, en la trasnochadora
andanza de mis lances... Hoy miro en el asfalto,

 húmedo por la lluvia que de los cielos fluye,
el perfil de las grandes casonas reflejado;
pero no está la casa que yo busco. Rehúye
a mi encuentro este punto de mi viejo pasado.

 Yo era, en aquel entonces, lo que ahora: poeta...
Poeta con un vivo tinte de vanidad.
Y paseaba las calles mi lírica silueta
ante todas las hembras de aquesta vecindad.

 Pero eso fue en las brumas lejanas de otra vida...
Yo era un buen estudiante que llegó a bachiller
que cerró los libros, el alma adormecida
por los suaves arrullos de una voz de mujer.

 ¡Oh, mi vida pasada! Gente prócer, doblones,
escudo de armas, limpio, de mis antepasados!
Y la casa paterna, con amplios portalones,
el cariño fraterno, los maternos cuidados.

 Y he tenido otras vidas, señores. ¡Oh, yo he sido
todo a lo que en la vida uno puede llegar;
Emperador, y Papa, y pirata, y bandido...
Casi un Dios en la tierra y un demonio en el mar.

 Ardí últimamente en una pira ingente
que para mí prendiera la Santa Inquisición...
Aún recuerdo las risas de aquella mala gente,
los salmos religiosos, la negra procesión...

 Por cierto que ese día en que yo fui quemado,
hubo un maravilloso espectáculo: fue
(y esto lo sé yo solo), mi espíritu llevado
a una tierra lejana en la que transmigré.

 Después, yo no sé cómo, esa vida se esfuma.
Ruedan siglos. Yo vuelvo a la vida otra vez...
¿Pero dónde están, digo a la nocturna bruma,
mis antiguos ensueños, mis andanzas, mi prez?

 Y al hallarme de nuevo en la vida, esta vida
que es buena, aunque es imbécil en cierto modo, suelo
dialogar con las sombras en la noche aterida,
cruzar tranquilamente esta oscura avenida,
amar a las mujeres y dar gracias al cielo. 



 Cuba contemporánea, septiembre de 1923, pp. 92 y 93.


sábado, 19 de agosto de 2017

Filo y punta de Rafael Blanco


  Juan David

 La revista habanera El Fígaro, en su edición del 4 de marzo de 1906, publicaba un grabado con el siguiente pie explicativo: «Caricatura del maestro Lasker por el joven aficionado de ajedrez, señor Rafael Blanco.» Al parecer, al autor del texto, tan ambiguo y poco entusiasta, le interesó más destacar la curiosa afición del aprendiz de ajedrez que significar los valores de la caricatura objeto de su comentario. Tampoco pudo presumir que su publicación cobraría particularidad histórica: con ella Rafael Blanco iniciaba una revalorización de las formas caricaturales, mientras anunciaba, de paso, cambios que ocurrirían en la plástica cubana veinticinco años después, propiciados por el apostolado trashumante de Víctor Manuel. Por esos años domina en la caricatura cubana Ricardo de la Torriente, epígono de un estilo que impusiera el español Víctor Patricio de Landaluze al iniciarse como caricaturista en La Charanga a mediados del siglo XIX. Al estilo colonial, Rafael Blanco opuso el suyo propio, aprendido de dibujantes europeos, conocidos seguramente por vía de publicaciones literarias y artísticas que llegaban a Cuba procedentes del Viejo Continente. Tres años de aprendizaje en la Academia San Alejandro no despertaron su intención creadora; por el contrario, lo permearon de un academicismo feroz. El gran artista que renovaría nuestra caricatura no aceptaba rectificaciones conceptuales, y menos aun, subversiones en las otras artes.
 Amaba el romanticismo a ultranza de Leopoldo Romañach y los «caramelos» que pintaban Valderrama y García Cabrera. En cambio, su obra satírica es antiacadémica, animada por un agudo espíritu renovador, tanto en las formas como en el contenido. No se inspiró en lo grotesco, ni siguió el canon deformador de lo externo, caballo de batalla de Ferrán, Landaluze, Cisneros, pintores que pretendieron hacer caricaturas: distorsionaban las formas hasta hacerlas parecer albóndigas mal modeladas. Blanco, recurrió a la buena fuente de Daumier y la actualizó al sintetizar sus grafismos con rasgos y manchas sumarias, trazadas sin dificultad, como al desgaire. Reunidas orgánicamente, significan un hombre o una reunión de hombres y cosas. Dominaba en la composición la fuerza expresiva sobre cualquier exageración circunstancial.

 Pero nada era improvisado. Nuestro gran artista no concebía el facilismo, ni dejaba nada al accidente; cada signo que trazaba era pensado, calculado como jugada de ajedrez, para recrear una realidad despojada de aditamentos periféricos que ocultasen el espíritu de las cosas. Tanto es así que sus personajes cobran rara transparencia de fantasmas engarzados en el espacio blanco y gris con que gustaba entonar sus dibujos.
 Triunfador, su talento es reclamado por las publicaciones más importantes del país. Dibujó para los diarios La Discusión, El Mundo, Heraldo de Cuba; las revistas El Fígaro, Letras, Bohemia, Pay-Pay. En 1913, fundó el semanario H. P. T., que tuvo poca proyección pública.
 Por más de veinticinco años mantuvo beligerante militancia en la prensa nacional, donde ahondaba en el paisaje político y social de nuestra patria, cada día más sucio y amargador. El ideal de una República «con todos y para el bien de todos» se frustraba y prostituía en manos de una casta de advenedizos, fieles servidores del imperialismo, que administraba la nación a su antojo y desvergüenza
 Blanco comparte la desazón popular y ataca sin tregua y certeramente el caótico y subdesarrollado mundo que habita, pero no cae en el choteo. Su arte no provocará nunca carcajadas irresponsables; está hecho para levantar silenciosas y ardientes ronchas que hagan pensar a quienes quieran tomarse el trabajo de hacerlo. Como afirmara Jorge Rigol en el catálogo de la exposición póstuma que presentó la Galería de La Habana en 1965:  
 “La mirada de Blanco enciende la cólera contra los usufructuadores de la patria, se ensaña contra los practicantes de abortos, pone al desnudo la respetabilidad burguesa, denuncia la prostitución organizada, pasa desilusionada sobre los símbolos de la bandera y el escudo y se posa con dolorida ternura sobre niños, mujeres, ancianos desamparados”. 

 Sin embargo, pareciera que tan fiera y amplia mirada, concentrada en abarcar tanta e inmediata circunstancia del quehacer nacional, no alcanzó a visualizar el fenómeno imperialista. No recordamos sátira alguna que denuncie u hostilice ese evidente promotor de las desgracias cubanas. ¿Es que Blanco pensaba que los cubanos, pecadores impenitentes, eran los únicos culpables de ellas? Muchos de sus coetáneos mantenían tales criterios, unos por culpa de un análisis simplista del problema, otros con esquinada intención.
 En pleno triunfo, cuando se le cataloga entre los más valiosos y originales caricaturistas de América, Blanco decide cortar su comunicación con el mundo: abandona sus colaboraciones en la prensa, desaparece de la circulación, y por un tiempo nadie sabrá donde anda ni lo que hace. La Gaceta Oficial se encargará de informar sobre su destino, cuando reproduce el nombramiento de Inspector de Dibujo en las escuelas primarias del Estado. Sorprende tan drástico viraje, ocurrido en el momento más significativo de su carrera. Más tarde dejará entrever que un íntimo rechazo al diario bregar periodístico y un cierto temor a ser preterido, marginado por la presencia de nuevos jóvenes caricaturistas —surgidos de la lucha antimachadista—, lo decidieron a preferir el oscuro prestigio que podía derivarse de un cargo burocrático, a la gloria cotidiana que le ofrecía la prensa.


 Se alejó del mundanal ruido, sumergiéndose en silencioso clandestinaje, que solo abandonará para cumplir obligaciones del cargo, jugar alguna partida en el Club de Ajedrez o concurrir a un sindicato obrero avecindado en la calle Muralla, donde enseñaba los secretos del juego ciencia. Más tarde se sabrá que estas no fueron las únicas actividades de aquellos años de retiro voluntario. silenciosamente, con la calma que el ajedrez le ayudó a ejercitar, realiza entonces su obra más ambiciosa: una vasta colección de dibujos a la aguada, donde, de manera singular, reflejó la imagen de toda una época desilusionante y contradictoria, interpretada con severidad inaudita, en estampas llenas de alusiones satíricas, en las que su peculiar grafismo —hecho de escorzos y manchas que sugieren formas y definen caracteres— se exacerba hasta la crueldad, para visualizar, en todo su esplendor, la demoliberal república de «generales y doctores».

  Su natural escepticismo, agudizado por las cosas que veía y presentía a su alrededor, se volcó en aquella ejemplar secuencia criticista que abarca cada ángulo de la vida nacional, física y moralmente enajenada. La recrea a su manera peculiar, al extraer de la vida cotidiana prototipos psicológicos: gente sufridora de la vida, señores encopetados, prostitutas de todo rango, celestinas, curas, soldados, politiqueros. En esas estampas, el humor tenía caracteres distintos: dramático, como en "El árbol genealógico"; irónico sentimental en Los noctámbulos; sarcástico cuando dibuja "El pobre… ¡era tan bueno!"; amargo en "La casita criolla". Es notable la ajustada sincronización sustantiva que lograba entre la imagen y el texto, parco casi siempre, tomado de dichos populares o de referencias literarias, a veces tan esotérico que dificulta su comprensión. En algunos dibujos —"De todo hay en la viña…", por ejemplo— deja entrever cierto prejuicio racial, pecado en que cayó nuestro gran artista influido, con seguridad, por la prédica reaccionaria de algunas amistades que lo rodeaban. Tampoco hay que olvidar que esa actitud que hoy nos parece incomprensible obedecía entonces a un sentimiento arraigado en los distintos segmentos de aquella sociedad, remanente esclavista de la colonia, revitalizado por las nuevas formas discriminatorias importadas por el imperialismo norteamericano.


 Esto no merma en nada los valores indiscutidos de su obra satírica, subrayada por la colección de caricaturas de los personajes en tránsito por aquel mundo dislocado. En ellas, el estilo se hace de una sutileza más acabada: planos, líneas y manchas, logran su objetivo con una plasticidad superior y más actual que en las estampas satíricas, en las cuales la pincelada se ajusta más a las normas convencionales.
 Sin antecedentes entre nosotros, ni seguidores, Blanco representa un hecho aislado, solitario, en el humorismo criollo. Su intención satírica, inteligente y cultivada —que vibra y se emponzoña al impulso de una cubanía preocupada por las cosas de la patria—, queda sin eco, no influye en sus coetáneos ni encuentra continuadores en las generaciones que vinieron después. Del grupo surgido en La Semana (1925), solo Hernández Cárdenas (Her-Car) deja ver cierto acento nostálgico que lo recuerda, pero no llega a la escéptica sonrisa blanquista.
 Abela, que tiene buen average en el tratamiento de los asuntos cubanos, es menos trascendentalista; su humor, sin ser choteo, es guiado por la sensual sabrosura criolla. Nada de esto resalta en Blanco. La enjundia de su estilo no se localiza en el criollismo; tiene dimensión cubana, que es la vía para salir del folklore hacia la universalidad. Esta sutil diferencia de matices puede explicar muchas cosas, entre ellas, el «exilio» de Blanco.
 En la medida en que los problemas se entreveraron y la prensa fue siendo propiedad de políticos y comerciantes, gravitó sobre cada rasgo caricatural una vigilancia casi policial que impedía cualquier travesura que no estuviese contemplada en las reglas del juego.
 El afilado criticismo de Blanco, dirigido contra lo peor, no juzga su época con risa divertida, tampoco toma actitudes intransigentes de moralista con bombín y calzoncillos largos. Su actitud se dirigía a mostrar los hechos mediante imágenes de simbología tan peculiar que hizo sonreír a los descreídos y despreocupados. Todo lo que tendiera a calar hondo, conmover los espíritus y despertar conciencias estorbaba. Blanco debió percibirlo y esa fue la causa de que se decidiera por la burocracia, sin renunciar a su arte, donde se halla la verdad que hiere.
 El tiempo juzga cosas, hechos, hombres y los remite al lugar que les corresponde; condena al silencio a unos, a otros los afirma y revive. Blanco es de estos. Su obra resistió el embate de los años, aupándolo al sitio que conquistó. Es de esperar que esa obra, hoy dispersa, sea reunida en un libro, espejo revelador de las angustias de un hombre traducidas en afanes artísticos que renovaron la caricatura cubana y prepararon las condiciones para que el renuevo cundiera a sectores más amplios de las artes.
 Por lo demás, permitirá conocer la otra cara de una época rica y divertida para unos, pobre y amargadora para los buenos espíritus como Rafael Blanco, maestro sin discípulos, cuya lección llegará silenciosamente a los que quieran aprenderla.



  Itinerario de Rafael Blanco

 Rafael Blanco Estera, nace en La Habana el 1ro de diciembre de 1885. En 1902 ingresa en la Academia San Alejandro, donde cursa estudios de pintura y escultura hasta 1905.
 En 1912 presenta su primera exposición en el Ateneo y Círculo de La Habana, con ciento cinco caricaturas personales y escenas costumbristas. Expone en 1914 ciento cincuenta obras —caricaturas personales y dibujos artísticos— en la Academia Nacional de Artes y Letras.
 En abril de 1918 una ley del Congreso le concede una pensión. Viaja por México y los Estados Unidos durante cinco años.
 Obtiene Medalla de Oro en el V Salón de Humoristas patrocinado en 1925 por la Asociación de Pintores y Escultores.
 En 1928, al celebrarse en La Habana la VI Conferencia Pan Americana, expone ochenta cartones satíricos y costumbristas. La revista Life reproduce sus caricaturas de los miembros del gabinete de Gerardo Machado.
 Conquista Medalla de Oro, en 1930, con los óleos enviados a la Exposición Iberoamericana de Sevilla.
 Expone parte de su colección satírica en el Lyceum y Lawn Tennis Club en 1932. Vuelve a hacerlo en 1941 y 1943 en el Círculo de Bellas Artes.
 La Asociación de Caricaturistas de Cuba lo nombra en 1950 Presidente de Honor. En 1956, muere el gran caricaturista cubano en la ciudad que lo vio nacer.

 Juan David: La caricatura: tiempos y hombres, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2002. 

jueves, 17 de agosto de 2017

En la muerte de Rafael Blanco

                                                                                   (Sanguily)
 
  Rafael Suárez Solis

 ¡Y menos mal que nos acordamos de él en la hora de su muerte! Le teníamos olvidado. Hasta cuando aluna vez enviaba algo a los salones de humorista. ¿Por qué? ¿Acaso el sello de sus caricaturas había envejecido en la perseverancia de la originalidad? ¿Hubo algún otro que pudiera imitarle hasta petrificarlo en el lugar común? No sé de ninguno. Cuando se nace con el don de lo original no hay riesgo de padecer a los imitadores. Fue el propio Rafael Blanco el culpable de su ausencia en la estimación de los demás. Había caído en la trampa criolla de esa vana supervivencia que es agarrarse al clavo ardiente de la burocracia. Atrapó un sueldo discreto ¡y adiós miseria! Vivió de espaldas desde entonces a esa juventud de artista cuya biografía cabe en esta frase: “Pan para hoy; hambre para mañana”. Y así es como aquí dimiten tantos el dolor que en otras partes nutre de gloria a los pueblos. En Cuba ese sacrificio tienta menos porque la miseria no tiene compensación alguna. El dinero opaca el precio del mérito. La estimación, el respeto, la categoría se dan por añadidura. ¿Y cómo alcanzara aquí el caricaturista esos laureles? El caricaturista resulta a la postre un pesado: lo peor que se puede ser en Cuba. Es un hombre expuesto a tantas enemistades como aciertos comete con el lápiz.


 Recuerdo dos anécdotas que ponderan la agudeza de la mirada estrábica del buceador de retratos que fue Rafael Blanco. Enrique Fontanills, tan tolerante, tan comprensivo, de una benevolencia gruesa como su propia humanidad, se enfrentó un día a la caricatura que le hiciera Rafael Blanco, y la reacción del apacible cronista social fue esta frase airada: “Esto no es un retrato de amigo; es un agresión personal.” Un poco ya madura, pero todavía con su rostro de madona gitana, Pastora Imperio tomaba conmigo un día el aperitivo en el viejo café del hotel “Florida”, de la calle del Obispo. Rafael Blanco había publicado en la revista “Social”, de Massaguer, una caricatura de la insuperable bailaora.
 -Esto no se le hase a una mujé, y menos a esta mujé –me decía Pastora Imperio enarbolando como un garrote la revista enrollada.
 -Pero no me negará que como caricatura…
 -Esa manera de señalá se deja pa los políticos, que siempre están amargándole la vida a la gente. ¿Pero qué mal le hase a naiden una bailaora, que ensima no es fea d’el to?


 La casualidad hizo que en aquel momento entrase en el café Rafael Blanco a comprar cigarrillos en la vidriera del tabaco. Quise aprovechar la ocasión para que la cortesía pusiera paz entre los contrincantes, y a ver si se lograba que el verde de los ojos de la gitana volviera a ser agua de esmeralda en vez de fuego de Medusa.
 -Pastora, ¿quiere conocer personalmente al caricaturista?
 -Pa luego es tarde.
 -Puede ser ahora mismo. Es aquel que está comprando cigarrillos.
 -¿Aquella poquita cosa? …¡Pobresito! Tráigamelo, que le voy a obsequiá con pasteles rellenos de arfileres.
 Por haberse ido a tiempo, Rafael Blanco vivió hasta hoy. ¿Pero vivió como debió haber vivido?
 Esta pregunta plantea el problema de lo que ha dado en llamarse la protección oficial a los artistas. Una beca o un destino no debe ser una limosna. Apenas da para enfrentarse con lo que Macaulay llamaba la sucia tristeza de los pequeños apuros económicos. Y puesto que la limosna no da para acometer los empeños de la superación, pues ¡a vivir! Y así es como la vida modesta asegurada va enterrando poco a poco tantas posibilidades artísticas, literarias, científicas.


 Ha llegado para la gloria de Rafael Blanco la hora hipócrita de los ¡ah! y los ¡oh! necrológicos. Y hasta posiblemente la de los premios en los salones de humoristas que lleven por nombre el del original caricaturista desaparecido. Como si la originalidad de los unos sirviera de ponderación para los otros. En arte no deben haber premios que lleven el nombre de Mozart, de Lope, de Goya, de Heredia… No hay otra originalidad que pueda ser genérica, sino es la del laurel, el oro o el pergamino; símbolos a los que, para ir tirando, se les puede agregar un poco de dinero. En otras disciplinas la cosa es diferente; porque no se trata de crear, sino de superación. En Cuba hay algunos caricaturistas tan buenos como Rafael Blanco; pero no iguales. Pues la igualdad supondría parecido, imitación, copias. O desastre, ya que el idioma no permite decir desarte.  
 Rafael Blanco fue único. Afortunadamente para el arte cubano de la caricatura, uno de los únicos. Y a pesar de eso –y por lo que dicho queda- olvidado durante mucho tiempo. Casi desde su primera juventud hasta su última vejez.


 Diario de la Marina, 9 de agosto de 1955.



martes, 15 de agosto de 2017

"Caprichos" de Rafael Blanco



 Alumno de la Escuela de San Alejandro, se excedió a sus maestros en el manejo del lápiz, creando un género propio, de peculiar personalidad. Empezó su carrera dibujando, mejor dicho, creando caricaturas personales, en que el acierto, la novedad y el humorismo fueron sencillamente geniales. Su inspiración y talento artísticos buscaron pronto mayor campo donde espigar, y de la caricatura arbitraria pasó al cuadro de género, y sobresale como costumbrista del lápiz. En esos trabajos demostró originalidad, uniendo a los trazos satíricos un dramatismo humorístico que da a sus producciones singularidad. Si fuera a compararlo con uno de los humoristas en prosa, diría que es el Mark Twain del lápiz.
 Sus estudios y observaciones de sus viajes a Nueva York y México le han dado madurez, ampliado su horizonte mental y perfilado su habilidad artística. La Academia Nacional de Artes y Letras le premió con medalla de oro dos trabajos presentados en sus concursos. El Salón de Humoristas lo ha laureado también. En la actualidad desempeña el cargo de Inspector General de Dibujo de las escuelas públicas de Cuba. 





 José Manuel Carbonell: Evolución de la cultura cubana. Las bellas artes en Cuba, El Siglo XX, 1928.