jueves, 14 de diciembre de 2017

Un incendio



 Felipe Poey

 La víspera fueron los fuegos artificiales en el Campo de Marte. Algún chuzo hubo de caer sobre el tejado. A las dos de la mañana se oyó el agudo sonido de la corneta, y un estallido de tablas, siniestro precursor de un gran desastre.
 Acudimos muchos a una de las azoteas de la calle de la Amistad, cerca de la Zanja. Nos dijeron que el fuego era en la calzada, entre la calle ancha y los focos de la muralla. La llama se divisaba por entre los pinos del camino de hierro: fingían los árboles un bosque encendido; y en este momento pasó una locomotora echando humo por los aires, como un fantasma que se levanta para asistir al vasto incendio.
 La consternación no dejaba juzgar de la distancia del peligro.
 —¿Llegará el fuego hasta aquí? Decían las mujeres.
 —No, señora; está el campo de Marte de por medio. Ayer pagó usted un peso para ver los fuegos artificiales; ahora los tiene usted de balde. No hay mal que por bien no venga: sobre esas ruinas se alzará mañana un liceo.
 En medio de esta aparente impasibilidad, la imaginación me presentaba la familia enajenada, discurriendo por los salones del edificio, los hombres disponiendo la fuga, las mujeres clamando al cielo con voces lastimeras, los niños aumentando con sus gritos la perturbación de las madres. Los caballos atados en las caballerizas daban en su desesperación relinchos espantosos, que el silencio de la noche dejaba entrar en mis oídos.
 Entre tanto la vecindad estaba en alarma. Mujeres hubo que se llevaban las sábanas y los gatos de la casa, y hasta las hornillas de planchar, creyendo que cargaban con lo más precioso; otras echaban las prendas en el seno, sin reparar que estaban apenas cubiertas; otras, no sabiendo por donde comenzar, se quedaban sin movimiento.
 El avaro no se atrevía a sacar a luz sus tesoros, y esperaba la hora de la destrucción.
 Las bombas no estaban aún en todo su ejercicio; y su escasa lluvia servía de alimento a las llamas devoradoras.  —¿Será en el camino de hierro? Decían algunas.
 —No puede ser, se vieran los pinos alumbrados por esta cara.
 —Seguramente es en las Ursulinas, decían otras: ¡pobrecitas!
 —Esto quisieran las monjas, dije yo.   
 —¿Cómo es eso? Replicaron.
 —Más les valiera morir quemadas que encerradas.
 Y como viese el mal efecto que produjeron estas palabras, añadí —he dicho mal, y merece perdón un profano que se reconoce indigno de apreciar tan alta vocación: no es posible que entre esas virtuosas siervas de Dios, entregadas a la meditación y a la enseñanza, se encuentre un alma arrepentida.


 Memorias sobre la historia natural de la isla de Cuba, La Habana, 1888, pp. 205-06.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Incendios. Una relación



  
 Antonio de Gordon y Acosta

 Como nuestro empeño es el estudio del problema que nos ocupa, con relación al más precioso engaste de la rica presea de la Corona Española y la más estimable concha de la Occidental margarita, así llamada por Dávila Orejón, Capitán General que fue de esta Isla, desde 1664 a 1670, vamos a detenernos con la brevedad posible, en enumerar los principales incendios que han tenido lugar en la Capital, desde su fundación hasta nuestros días.
 Sábese que el Adelantado D. Diego Velázquez, natural de Cuellar, provincia de Segovia, fue el que fundó la población el 25 de Julio de 1515 en la desembocadura del río Mayabeque; sábese también, que por lo malsano del lugar, se trasladó luego la Villa a la boca del Casiguaguas, Chorrera o Almendares, llamado así por los provechosos baños que tomó en él el Obispo Fray Enrique de Almendariz, y que en 1519 se estableció en el punto en que hoy se halla, denominándose San Cristóbal de la Habana, por haberse creado el día de ese mártir, y según el erudito Arrate, con el fin de obsequiar al Almirante de las Indias D. Diego Colón, por haber llevado su glorioso padre el mismo nombre, y Habana por haberse emplazado en la provincia india que los naturales distinguían con ese término.
 Ahora bien, a poco de constituida la urbe, el año de 1538, siendo Teniente de Gobernador Juan de Rojas, unos piratas llamados filibusteros, entraron en el Puerto, saquearon e incendiaron la población, por lo que enseguida se personó en ella el Gobernador D. Hernando de Soto, ordenando la construcción del Castillo de 1a. Fuerza, que concluido en 1544, dio tal importancia a la Villa, que se dispuso al año siguiente que las embarcaciones que entraran la saludaran como plaza militar.
 En 1555, volvieron los piratas a saquear y a incendiar la Habana, defendida entonces por Juan Lovera, viéndose el Gobierno obligado a trasladarse a Guanabacoa.
 En los años de 1618, 1619, 1620 y 1621, tuvieron lugar varios incendios en la población, en los cuales se quemaron 100 casas, según dijo a S. M. el Gobernador Venegas, en carta que le dirigió con ese objeto, acaeciendo uno horroroso entre 8 y 9 de la mañana del viernes 22 de Abril de 1622, en que por una fuerte brisa fueron devoradas por las llamas cinco cuadras, principiando el siniestro por una casa de la calle del Molino cerca de la Plaza, extremo de la que se llama hoy Riela; el fuego fue tan intenso, que quedó dividida la ciudad en dos partes por una faja ardiente, propagándose a los bosques y quemándose más de una legua de éstos.



 El 30 de Junio de 1741, a las tres de la tarde, cayó un rayo en el mayor del navío “Invencible”, Capitana de la Escuadra de D. Rodrigo de Torres, prendiéndose todo el buque, que contenía cuatrocientos quintales de pólvora, por lo que atemorizados los vecinos en número considerable, se echaron a la calle, dirigiéndose al campo y resultando por el siniestro 16 muertos y 21 heridos.
 El 3 de Julio de 1762 fue reducido a cenizas el Reducto construido por los ingleses en la toma de esta capital, durando el fuego 3 días.
 El 9 de Agosto del mismo año el Conde de Albemarle que dirigía el sitio de esta plaza, hizo incendiar las fábricas que había en los extramuros, que eran chozas de guano, lo que verificó sin duda por haber acampado el enemigo entre la Punta y San Lázaro, en donde estableció su cuartel general.
 A la una del día 25 de Abril de 1785 se declaró un violento incendio en los talleres de la Maestranza de la plaza y carenaje de buques del comercio en Casa-Blanca, los cuales tenían gran cantidad de combustibles, quedando convertidos por eso los edificios en cenizas.
 En la tarde del 2o de Abril de 1802 siendo Gobernador de la Isla el Marqués de Someruelos, tuvo lugar el primer voraz incendio de Jesús María, que redujo a cenizas 194 casas, el que duró dos días, quedando sin hogar y en la miseria, gran número de habitantes.
 En 1810 se quemó por completo la fragata «Atocha» en el bajo de Begla, de la misma manera que lo fue la «Eulalia» el 15 de Marzo de 1757 que se encontraba cargada de aguardiente y azúcar.
 El 11 de Febrero de 1828 tuvo lugar el segundo incendio del barrio de Jesús María, el cual no fue menos desastroso que el anterior, pues fue grande el daño que ocasionó.
 El voraz elemento consumió el 12 de Septiembre de 1836, la cuadra de la Calzada del Monte situada después del puente de Chávez, trabajando tanto y tan bien los bomberos, que el Excmo. Sr. General Tacón, complacido del comportamiento de aquellos, les dio las más expresivas gracias.
 El 5 de Abril de 1837, cuatro fuegos casi simultáneos tuvieron lugar en la calzada del Príncipe Alfonso, quemándose 20 casas, produciendo 47 bajas en el Cuerpo de Bomberos.
 En la noche del 7 de Abril de 1839 ardió la ferretería situada en Muralla 32, siendo tan grande la cantidad de escombros que fue preciso dejar 21 Bomberos para apagarlos y removerlos.
 No menos desastroso fue el siniestro acaecido el 12 de Enero de 1848, en el almacén de Bustamante, situado en los bajos de la casa del Sr. Conde de Santovenia, produciendo 22 enfermos y heridos en el Cuerpo de Bomberos, los cuales fueron atendidos con 1000 pesos que dispuso el Capitán General que fueran satisfechos por la Junta Municipal.
 El 1ro de Agosto de 1851, hubo un gran incendio en la Fábrica de Papel de Puentes Grandes, en donde trabajaron los bomberos hasta su completa extinción, como así mismo sucedió en el siniestro ocurrido en 26 de Abril de 1852 en la calzada del Monte núm. 203, casa de Don Francisco Díaz.
 En la mañana del 5 de Abril de 1854, en la calle de la Zanja, fue reducido a cenizas el taller de maderas de Colombos, y en la calle de Puerta Cerrada del Arsenal, en la madrugada del 25 de Noviembre de 1858, se quemaron las casas números 63, 65 y 67.
 El 23 de Febrero de 1850, las llamas se encargaron de higienizar la población, pues hubo fuego en el basurero situado entonces en las faldas del Castillo de Atares.
 El 10 de Octubre de 1860 fue destruido por un incendio que comenzó a la una de la madrugada, el mercado del Cristo, el cual se inició en el establecimiento de víveres que existía en la esquina de Bernaza, terminando el siniestro a las seis y media de la mañana. Ese local es hoy el Parque de Michelena.



 Al mediodía del 22 de Julio de 1863 principió a quemarse el 2do y 3er. edificio de los Almacenes de Begla, durando la acción de las llamas hasta las siete de la mañana del día 30.
 Desde el primer momento acudió a prestar sus servicios el Batallón de Bomberos Municipales, pero prolongándose el desastre después del segundo día, solo asistieron 200 hombres que se relevaban cada 24 horas, trabajando tanto y tan bien, que D. Francisco Fesser, Director de la Compañía, con fecha 25, dio las gracias a los bomberos en carta publicada en 31 del mismo mes en el Diario de la Marina.
 En esta calamidad se quemaron 63,012 cajas de azúcar, 672 estuches, 214 pacas de algodón, 1,781 de esterillas, 4 cajas casquillos, 1,953 sacos de maíz, 852 de café, 73 pacas orégano, 4,770 barriles y 778 sacos de harina, 7,786 losetas de barro, 612 ladrillos, 875 sacos de sal, 96 huacales de loza y 5,573 bultos de otras mercancías de este comercio.
 Las pérdidas en conjunto se calcularon en más de $1.500,000, ocasionando 27 bajas al Cuerpo de Bomberos Municipales.
 Otro hecho notable filé el ocurrido el sábado 6 de Septiembre de 1873; en efecto, a la una menos cuarto de la madrugada el sereno de la calle del Águila, esquina a Dragones, avisó que ardía el mercado de Tacón, incendio que se propagó rápidamente devorando todo el edificio, al extremo de que un padre tuvo que descolgar a dos hijos por un balcón a la calle para poderlos salvar; la falta de agua se hizo sentir y esta fue causa de la marcha veloz de la desgracia.
 La bomba de vapor de la «Compañía de Seguros Inglesa» North Bristih and Mercantile Insurance Co., funcionó con dos mangueras en el siniestro asistida por su personal propio de paisano, pues ya desde meses antes se trabajaba aquí con entusiasmo para la creación de un nuevo cuerpo de Bomberos, formado por jóvenes del comercio que voluntariamente se prestaban á tan grande como humanitario servicio.
 Hubo en esta afección social a más de las pérdidas materiales, 3 muertos, 1 herido y varios tetanizados. El mercado quemado fue construido de madera en 1817, formando las casillas un octógono en su interior, conociéndosele con el nombre de Plaza del Vapor, por haber colocado D. Francisco Marty y Torróos, en una fonda que poseía del lado de la calle de Galiano, un cuadro en que se hallaba representado un buque de vapor, el «Neptunio», primero que entró de esa clase en el puerto en 1819, y que hacía sus viajes de la Habana a Matanzas.



 En 1836 el Exmo. Sr. General D. Miguel Tacón reedificó el edificio, haciéndolo de cantería, y así existió hasta que fue pasto de las llamas; después de quemado se edificó el actual de hierro y piedra, inaugurándose, previa bendición, el 14 de Noviembre de 1880.
 Grave fue la situación de esta capital el 9 de Noviembre de 1873, pues estuvo amenazada de terrible desgracia con el fuego que se produjo en la sala de armas de la Maestranza de Artillería, la que estaba ocupada por fusiles y repleta de cartuchos, que impidieron nuestros bomberos que estallaran, evitando así quién sabe cuantas víctimas y notable pérdida para el Estado.
 El elemento del primero de los filósofos griegos consumió, el 18 de Noviembre de 1876, el mercado de Colón, no obstante ser de hierro, a consecuencia del número considerable de barbacoas de madera que en el mismo se habían construido.
 El 14 de Mayo de 1877 fue pasto de las llamas la hermosa casa de Burnhan, Mercaderes 22, ocasionando considerables perjuicios; en el mismo año y mes, pero el 19, ocurrió otro incendio en la Maestranza de Artillería, la que cuatro años antes había sido maltratada por las llamas, salvando los bomberos 100,000 cartuchos.
 Cumple a nuestro deber recordar la noche del 22 de Enero de 1880, por la oscilación terrestre que se sintió en la capital, como igualmente por el siniestro de la fábrica de velas de la calle de la Universidad, en que se redujeron a cenizas 11 casas, desde el numero 16 al 36.
 Pocos minutos después de las doce de la noche del jueves 7 de Enero de 1881, se manifestó un desastroso siniestro por las llamas, en la calle del Príncipe Alfonso núm.
7, manufactura de tabacos de Don José Gener, en que ardió todo el edificio, calculándose las pérdidas en 250,000 pesos.
 Significóse el año 1883 entre nosotros, con dos notables abrasamientos, siendo éstos: el que se presentó el 30 de Enero en la Sierra del Sr. Crespo, en el puente de Chávez, de resultas del que hubo varios muertos, y el otro, el del 4 de Febrero, en el taller de madera de la calle del Prado, principiando la enfermedad social por un establo que le era inmediato.
 Merece también mención, el ocurrido el 27 de Mayo de 1884, en la tienda de ropas «El Comercio» situada en la calzada de Galiano núm. 72, la que pertenecía a Don Francisco González y Quirós, quemándose todas las existencias como así mismo el mobiliario.
 Sucede igual con el que tuvo lugar a las cinco y media de la mañana del 14 de Junio de 1884, en el almacén de muebles de D. Mariano González, situado en la calle de la Habana números 136 y 138, estando muy expuesta la gran droguería del Sr. Sarrá, pues el fuego se hubiera propagado a ella, a no evitarlo con su acertada intervención los virtuosos enemigos del elemento pitagórico.



 El 29 de Abril de 1884, a consecuencia de la explosión del polvorín San José, los bomberos se trasladaron al lugar del siniestro y en él trabajaron como saben hacerlo siempre; servicio que prestaron de igual manera, el 29 de Septiembre de 1858, cuando tuvo lugar la catástrofe del otro edificio de la misma clase del anterior.
 El 26 de Enero de 1885 a las ocho y media de la noche, principiaron a arder los barracones del castillo del Príncipe y a no ser por el arrojo y actividad de nuestros celebrados héroes, hubieran sido todos aquellos consumidos por la combustión.
 El 21 de Mayo de 1887, quemóse gran parte del edificio que ocupa, con sus existencias, en la calle del Obispo esquina a Aguacate, el popular establecimiento «El Fénix», como en 27 de Enero de 1890, la combustión redujo a cenizas la fábrica de baúles situada en Egido núm. 6.
 Luctuosa noche fue para esta Capital, la memorable del 17 de Mayo de 1890: a las diez y veinte minutos los silbatos y cornetas anunciaban la existencia de un incendio en la demarcación resultando ser en la ferretería de D. Juan A. Isasi, Mercaderes 24, esquina a Lamparilla, en donde a poco de principiar ocurrió una terrible explosión, de resultas de la que hubo el derrumbe del edificio, que fue causa de 50 heridos, 1 7 bomberos del Comercio muertos, 8 de los Municipales, 4 del personal de O. R, 1 marinero y 8 paisanos espectadores; a pesar de tamaña desgracia, no por eso suspendieron los trabajos los demás miembros de ambos cuerpos, al extremo de haberle obligado a decir al digno General D. José Chinchilla, que entonces gobernaba estas provincias: «Jamás he visto mayor valor y entusiasmo».  La Habana entera se asoció al sentimiento de dolor, cubriéndose de negro los edificios públicos y privados, siendo el entierro de las gloriosas víctimas la mejor prueba de la honda pesadumbre de este pueblo, en el que, «los mártires del deber vivirán eternamente».
 Hubo este año en la Capital, incluso el siniestro descripto, lo incendios y 41 alarmas.
 En 1891 ocurrieron en la ciudad 10 fuegos y 37 alarmas, distinguiéndose entre aquellos el del 3 de Abril en la calle de Aguiar 91, sedería de D. Antonio Barillas; el del 20 de Agosto, en la fábrica de cerillas fosfóricas «La Americana»; el de la panadería «La Flor de Cuba», Neptuno esquina a Águila, de la propiedad de Don Vicente Carrodeguas, y el del «Gimnasio Romaguera», el 2 de Diciembre, cuyo establecimiento reconstruido está situado donde se hallaba, Compostela 111 y 113.
 En 1892, se contaron en la Habana 14 incendios y 61 alarmas, siendo notables el de Estrella 10, que tuvo lugar a la una y media de la madrugada del 4 de Abril; el del
viernes 29 del mismo mes, a igual hora que el anterior, en la sedería «La Filosofía», Neptuno 69, muriendo 3 individuos carbonizados; el del 4 de Mayo en que ardieron las casas 45, 47, 49, 51 y 53 de la calzada de Jesús del Monte y las 66, 68 y 70 de la calle de San Joaquín, y el del 26 de Noviembre en la Sierra de D. Juan Alegret, tabaquería la «Cruz Roja» y tren de coches de Salas.
 En 1893 hubo 21 fuegos y 66 alarmas, debiendo mencionarse entre los primeros, el que ocurrió el 10 de Marzo a las dos de la tarde en la agrupación 1-5-1, pues se quemaron las casas 181-A y 181-B de la calle de la Concordia, las 10, 12,14 y 16 de Aramburo y las 222, 224 y 226, de la de Neptuno.
 En lo transcurrido del año actual, hasta el 30 de Junio en que terminamos este trabajo, han tenido lugar en la Capital 8 siniestros y 36 alarmas, siendo el más notable de aquellos el de San Ignacio 78, edificio que poseía en la parte alta una Casa de Huéspedes y en la baja varios comercios, y en el que hubo uno de los vecinos carbonizado, dos muertos por quemaduras extensas y un bombero del Comercio con fractura del brazo derecho…


 Los incendios, los bomberos y la higiene, La Habana, A. Miranda, 1894, pp. 14-23.

lunes, 11 de diciembre de 2017

La explosión del polvorin en 1883


 Juan Santos Fernández
        
 Tenía mi residencia en la Quinta de Toca, Carlos III, en la que se inauguró el Laboratorio Histo-Bacteriológico de la Crónica Médico Quirúrgica de la Habana, en mayo de 1887. Mi hija, que nació en marzo de 1882, tenía apenas un año y estaba con su madre en los altos de la casa, en los momentos del suceso. El primer estampido lo atribuí a alguna caldera de vapor cercana, y como me encontraba despachando los enfermos, después de las doce del día, continué haciéndolo sin conceder más importancia a la detonación; pero a poco sonó una segunda, mayor y que atribuí a una explosión intencional que obedecía, tal vez, a la política, pues los autonomistas defendían sus doctrinas combatidas por los elementos contrarios y estaban los ánimos exaltados, con la vehemencia que nos es característica. Con tal motivo, esperaba otra explosión. También sospechaba que se tratase de un temblor de tierra, pues de cierto nada sabía; pero, fuese una cosa u otra, subí al segundo piso, temeroso de que se encontrase sola mi esposa en tales circunstancias. Al llegar al último escalón, estalló la tercera detonación, tan formidable, que bailó la casa de cantería, como si fuese de cartón, y se rompieron los cristales. Me dirigí desde luego a la habitación en que estaba mi familia y ordené que tomasen en brazos a mi hija, que estaba en su cama, para salir de la casa. Una nueva trepidación o la misma que acababa de pasar, hace que se desprendan las puertas del balcón delante de mi esposa, que amedrentada, cae de espaldas, sin sentido. Convencido de que se trataba de un terremoto, ordené que bajasen a mi hija al jardín, lejos de los edificios, y me dispuse a bajar al mismo lugar a mi esposa desmayada en un sillón, lo que no se hizo sin gran dificultad por la escalera, sin temer un nuevo movimiento, tal vez más fuerte que el anterior, pues éste último fue mayor que los dos primeros.
 Ya a salvo mi señora, tuve que prestar atención a la llamada que me hacían por teléfono, que no sé cómo no se interrumpió: una anciana operada de ambos ojos de cataratas, que vivía en el callejón del Chorro, en la plaza de la catedral, que se alarmó, porque se habían caído las puertas de la casa y estaba aterrada a su vez por el exceso de luz, que como consecuencia advertía. Cuando llegué, ya le habían tapado la cabeza y procedí a vendarla hasta que arreglasen las puertas de la habitación. Recuerdo que cuando salí para ver la enferma hallé que las calles estaban ocupadas por un gentío inmenso. Como no había motivo para esperar nuevas explosiones, porque todo el polvorín había estallado, volvió a todos la tranquilidad, sin más consecuencias que los sustos y el desperfecto de las casas en sus accesorios tan solo, pues no recordamos que se hubiese derribado o caído ninguna.
 No andaba yo todavía a la escuela, por el año de 1854, próximamente, cuando ocurrió la explosión de otro polvorín, sin que la trepidación alcanzase las proporciones de éste, que pudo tener ya dinamita, pues Nobel, el que la inventó, murió en 1896, y ya esta sustancia era conocida en 1883, pero no en 1854.
 Posteriormente, que las necesidades de la industria y el progreso industrial exigen el manejo de grandes cantidades de explosivos, en los que la pólvora figura en grado ínfimo, se exige que aquéllos, de los particulares y del Estado, no estén en un solo lugar, porque las explosiones parciales en cualquier descuido, siempre serían menos funestas.
 La explosión del Maine la oí desde el final de la calle de San Miguel, y la detonación que produjo fue relativamente poca y no me pareció que tenía la importancia física y social que determinó.
 Por no existir la vigilancia que se tiene en la actualidad, a fin ele que no se guarden explosivos en las ferreterías u otros establecimientos de la ciudad ocurrió lo de la casa de Isasi, en la calle de Mercaderes, que tantas víctimas causó en la plana mayor del cuerpo de bomberos y en la que estuve a punto de perecer con mi única hija. Vivía entonces en Reina 92, y recibía en mayo de 1890, a los que venían de noche a darme el pésame por la muerte de mi madre. Como a las 9 se oyó la llamada a los bomberos, y mi hija, de pocos años, tomó miedo y de no haber sido el duelo de mi madre, hago poner el carruaje y la llevo al fuego para no criarla medrosa. Si esto hubiera hecho, el jefe de los bomberos, que era mi cliente, y los otros oficiales, me hubieran llamado junto a ellos, y como la pared de la ferretería que se desplomó fue la que los sepultó, igual suerte me hubiera cabido en unión de mi hija.
 De sentir sería que se descuidase la vigilancia de los explosivos, pues aun teniéndola, ocurren desgracias como la más reciente en los muelles de New York, en que miles de casas de la imperial ciudad, quedaron sin cristales en sus ventanas.


 Recuerdos de mi vida, T-I, La Habana, Imprenta Lloredo y Ca, 1918, pp. 296-98. 

 Grabado coloreado a mano, La Ilustración Española y Americana, Madrid, 1883.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Salvador Massip. Una temprana recepción del psicoanálisis en Cuba




 Pedro Marqués de Armas

 Al regresar a La Habana en 1924 después de un periplo de tres años por Francia, Suiza y Alemania, Juan Portell Vilá traía entre sus múltiples credenciales la de haberse formado en los nuevos métodos terapéuticos aplicados a la educación de menores, entre ellos, el psicoanálisis. 
 Uno de sus primeros trabajos en Cuba consistió en una exhaustiva revisión de la psiquiatría insular que no excluía lo publicado hasta ese momento sobre las doctrinas de Freud, Jung, y Adler.
 De este modo, reparó en un artículo del entonces estudiante de pedagogía Salvador Massip que, con el título “El Psicoanálisis”, había aparecido en diciembre de 1911 en la emergente Revista de Educación.
 Aseguraba el psiquiatra que salvo esa excepción y la traducción en 1923 para la Crónica Médica Quirúrgica de “Las incertidumbres del psicoanálisis”, de Jean Laumonier, nadie se había ocupado en Cuba de esta materia.
 Portell no entraría a describir el texto del Massip, ni otros muchos curiosos folletos de psiquiatría que señala en su artículo; pero sí aprovechó para presentarse como el único seguidor del psicoanálisis en la isla.
 En efecto, a él se debe, en este ámbito, una producción textual sin precedentes que vino aparejada a su labor para diversas asociaciones psiquiátricas, su promoción de una Liga de Higiene Mental y, en especial, su interés en la educación sexual de la infancia, que impulsaría bajo el auspicio del Ministerio de Instrucción.
 Aunque pudieran existir referencias previas en la prensa, el artículo de Salvador Massip marca sin dudas el comienzo de la literatura psicoanalítica en Cuba. 
 Lo sorprendente es que no se trata de una reseña al uso, breve o de contenido superficial, sino de una detallada recepción, sumamente actualizada para la época, que ocupa nada menos que quince páginas.
 Su firma a apenas un año del siempre citado “Sobre psicología y psicoterapia de ciertos estados angustiosos”, del médico chileno Germán Greve Schlegel, reconocido -desde muy temprano e incluso por el propio Freud- como el primero en transmitir los conceptos psicoanalíticos en Latinoamérica, le confiere un valor particular.  
 Desde luego el texto de Massip terminó olvidado, tal vez por lo temprano del mismo, aunque, más que nada por la falta de una tradición más interesada que lo hubiera repescado.
 El psicoanálisis solo asiste en Cuba a una recepción continua a partir de 1926, pero sin que fuera entonces secundado por las vanguardias artísticas, para asomar con algún ímpetu en la década de 1950.  
  Reseñemos, pues, así sea a más de un siglo de distancia, y a partir de notas tomadas hace más de tres lustros, el artículo en cuestión. 

 "El Psicoanálisis", Salvador Massip. Revista de Educación, La Habana, 1911, vol. 1. Núm. 12, pp. 33-48.


 El futuro geógrafo cubano revisa primero los conceptos de conciencia e inconsciente, siguiendo para ello una larga línea que incluye a Hartmann, Herbart, Lipps, Wundt, Ribot, Jastrow, Janet y Myers, entre otros, para concluir en Freud. Dedica a sus diferencias y límites algunos párrafos, incluyendo una acerba crítica a los postulados de Hartmann.
 Expresa Massip que con Freud se accede al “conocimiento más original y completo sobre los fenómenos del inconsciente…”. No falta el relato sobre la relación con Breuer y los eventos que conducen a la teoría del trauma infantil, el fracaso de la hipnosis para revertir síntomas y el descubrimiento del método de la asociación de palabras.
 De acuerdo con Oskar Pfister, Massip señala el valor del psicoanálisis para la pedagogía y lo importante que resultara, en este sentido, la relación epistolar entre Pfister y Freud.
 Recorre luego en detalle las principales nociones elaboradas por el profesor de Viena: la tópica, la económica, las psiconeurosis, los sueños y su interpretación, delimitando cada uno de estos aspectos. Destaca así los conceptos de pre-consiente y represión, impulso sexual y regresión, y, apelando a abundantes citas del propio Freud, se interna en los síntomas y su relación con la angustia y la inhibición.
 A propósito, no faltan alusiones a los casos de Ana O. y Dora.
 Particularmente prolijo es el fragmento dedicado al sueño como expresión desplazada de deseos reprimidos y al resto de mecanismos que intervienen en la elaboración onírica.
 Apunta que la “psicología moderna debe a Freud una nueva e ingeniosa teoría sobre el inconsciente” y asimismo “la técnica con que explica sus manifestaciones, el Psicoanálisis, un método de interpretación tan profundo como sencillo”.
 El joven Massip, que entonces tenía veinte años, concluye sobre el nuevo paradigma que el psicoanálisis estaba introduciendo: “Pero la gloria legítima de Freud es haber combatido la hipótesis de Wundt de que las regiones activas situadas más allá de la conciencia no podrían ser estudiadas nunca por la psicología”.
 El texto alude además a Gustav Jung y Ernest Jones, señalando del primeo algunas deferencias que ya asomaban respecto a Freud, y del segundo, su lugar en el aún incipiente movimiento psicoanalítico. 

 El contexto cubano

 En 1909 Massip matriculó Derecho Público y Pedagogía en la Universidad de La Habana. Abandonó la primera para inscribirse en Filosofía y Letras. En 1912, al año de publicado su inaugural artículo sobre el psicoanálisis, se graduó de Doctor en Pedagogía, y en 1915, en Filosofía y Letras.
 La Revista de Educación califica, sin dudas, de avant garde en su época, al distanciarse en buena medida del rancio positivismo dominante. Divulgó trabajos de y sobre William James, John Dewey y Frederick Nietzsche, acogiendo los cambios que estaban operando sobre la educación y la psicología en Francia y Suiza.
 Sirvió de plataforma a una nueva generación de pedagogos que pretendía ir más allá del modelo experimental, como anuncia uno de los editoriales. En cierto modo, las propuestas de una nueva Higiene Escolar calzaban con corrientes educativas en principio más abiertas. De ahí las críticas a Wundt y la apuesta por Karl Marbe y Alfred Binet, entre otros.
 Massip publicó en sus páginas, además, los artículos “Educación en niños anormales, "Los niños supernormales" y "Las clínicas psicológicas".
 Pero quizás el más notable sea el que dedicó a William James, conciso recorrido por su existencia y su doctrina pragmática, a apenas un año de su fallecimiento, inadvertido por la opinión pública cubana.
 A propósito de lo cual expone:
 “El positivismo, introducido en Cuba en días en que en todas partes se atacaba, arraigó sin embargo y sigue siendo la doctrina imperante. Hoy mismo, cuando sus últimos restos evolucionan en el neopositivismo de Mach, lo consideramos como la última palabra, como el producto más acabado… Por eso había de ser para nosotros un hecho indiferente la muerte de William James… ¿Será tarde para rendir homenaje a su memoria ante los ojos indiferentes de estos dos millones de isleños?...”
 Un poco que estas palabras explican mejor la pertinencia, en aquel contexto, de su artículo sobre Freud.
 Rara avis en un país que no se abrió nunca con debida fuerza a la cultura y pasión del psicoanálisis. 


domingo, 3 de diciembre de 2017

El caso de la señorita M.L.




 Rodolfo Julio Guiral

 La señorita M. L., de 31 años, soltera, fue a mi consulta quejándose de trastornos por parte de su vista que consistían en oscurecimientos de ésta, momentáneos, transitorios, y que cada vez se hacían más frecuentes e intensos. Reconocida, no encontré causa para aquellos síntomas, y ordené el examen de sangre para investigar urea y glucosa. Al volver a verme a los cuatros días, con los exámenes, estaba ciega. Nuevamente reconocida, orienté mi investigación hacia la histeria, y pude comprobar que la enferma lo era. Emprendí entonces la tarea de practicar un psicoanálisis, dado que las condiciones especiales del caso se prestaba para este método, y son los resultados de él los que voy a exponer.
 Cuando la enferma tenía unos ochos años, acostumbra a tener juegos con sus hermanos, mayores que ella en uno y dos años respectivamente, y hoy reconoce que aquellos juegos tenían un carácter francamente sexual, pues en ellos acostumbraban a tocarse los genitales, y recuerda que sus hermanos tenían erecciones. Algo posteriormente, sin que pueda precisar la fecha, sabe que ejercía la masturbación, ya suprimidos los juegos de carácter sexual, sin que pueda precisar cómo aprendió a masturbarse, pero sí recuerda que lo hacía con exceso. Por esa época era una niña retraída y tímida, de carácter corto y apocado, sin numerosas amistades. Entre estas escasas amistades había una niña de poco más edad que ella, que le dijo que la masturbación era algo muy perjudicial y que no debería hacerlo, que sólo debía ejecutarse el acto sexual con los hombres. Así fue como se enteró de la verdad de las materias sexuales, según cree, cuando tenía unos doce años, y antes de su pubertad, que en esa edad aún no había aparecido. Como consecuencia de los consejos de su amiga logró reprimir la masturbación, pero sin poder suprimirla por completo. Un año más tarde, a los trece, llegó la pubertad, y en esa época sus padres le dieron a leer un libro que trataba de materias sexuales, y en el cual se hacía referencia a la masturbación, explicándose prolijamente sus supuestos perjuicios, entre los cuales se hacía resaltar el de la ceguera como uno de los más frecuentes y peligrosos. En vista de lo leído en este libro, logró reprimir por completo la masturbación, y desde los catorce ya no volvió a masturbarse más, a pesar de que en un principio los deseos la torturaban. Pero éstos eran sólo deseos de masturbación, deseos de conseguir el placer, sin que en ellos interviniese el deseo del hombre, que en ella no existía. Cuando logró reprimir la masturbación por completo, quedó aparentemente frígida, sin deseos sexuales de ninguna especie, pero sin que esto la hiciese sufrir, pues se sentía feliz por completo. A los 25 años conoció a un hombre del cual se hizo novia, y con el cual sostuvo relaciones sexuales, que al principio no le producían sensación alguna, pero que después la excitaban violentamente, haciéndola experimentar gran placer, y haciendo que siempre ansiara la repetición del acto. A los cuatro años se rompieron las relaciones, por abandono del novio. Esto le causó gran efecto moral, pero tuvo otra consecuencia física, su frigidez anterior había desaparecido y recurrió otra vez a la masturbación, pero ahora con imágenes y sensaciones francamente sexuales; era una masturbación a la compena (sic) su sexualidad exaltada y la falta de otra satisfacción. Desde que recurrió de nuevo al onanismo, tuvo la creencia de que se estaba perjudicando, pero sin que nunca pudiese precisar de qué manera determinada, y cada acto iba seguido de sensación desagradable, pues, por una parte le recordaba su novio perdido, y por otra la hacía pensar que realizaba algo perjudicial para su salud. Al fin, empezó a sentirse débil, apática, desanimada, y atribuyó esto a la masturbación, así como una falta de memoria que sentía. A pesar de sus esfuerzos y de su creencia en que estaba perjudicándose, no pudo impedir el seguir masturbándose, y poco después aparecieron los síntomas oculares con el desenlace que he referido, es decir, la ceguera.
 Este caso presenta de curioso desde el punto de vista de la investigación, el que la enferma atribuía a la masturbación sus síntomas, pero no recordaba absolutamente la lectura del libro a que me he referido, y sólo por medio de la asociación de palabras pude hacer aparecer este recuerdo, lo mismo que el detalle de los juegos sexuales de su infancia.
 Aparecidos estos recuerdos, haciéndole ver a la enferma la relación de sus síntomas con sus conceptos anteriores, y la falsedad de estos conceptos, así como lo que de refugio en la enfermedad pudiese haber en sus síntomas, la curación fue rápida y la recuperación completa en cuanto a la visión. En cuanto a la masturbación y demás síntomas, no sé qué evolución hayan seguido, pues después de recuperar la vista no he vuelto a asistir a la enferma, aun cuando ésta dijo que pensaba masturbarse sólo cuando no pudiese resistir sus deseos, ya que sabía que pequeñas dosis no la dañaban.
 Esta es la exposición del caso, que presento por lo raro que es en nuestro medio y ambiente, dadas nuestras costumbres y educación, tener oportunidad de ver casos que hagan la confesión de estos temas sexuales, cuando de mujeres se trata. No intento asimilar este caso a la teoría de Freud ni a ninguna otra; sólo expongo a la Sociedad de Estudios Clínicos para que ésta dé su parecer.


 Fragmento de “Histeria ocular”, Revista de Psiquiatría y Neurología, T-II, octubre-diciembre, 1930, núms. 4-5-6, pp. 50-52.