domingo, 25 de septiembre de 2011

El día señalado





 En las calles de La Habana ocurren varios asesinatos cada semana; pero uno no se enterará de esto por los periódicos, ni por los propios españoles, ya que tanto el gobierno como los particulares están ansiosos de ocultar a los extranjeros el reprochable estado de la ciudad. Cuando el cadáver de un extranjero, o persona de bajo rango es hallado, se le tiende sobre el pavimento enfrente a la prisión, y se le deja allí hasta que es reconocido o reclamado por parientes o conocidos; y, por lo tanto, sólo aquellos que tienen que pasar por el lugar de exposición temprano en la mañana, saben cuán a menudo se comete un asesinato.
 A pesar de todo esto, rara vez ocurren en La Habana ejecuciones públicas. La negligencia de la policía permite que cuatro de cada cinco ofensores escapen a la detención; mientras muchos de los que aprehendidos y condenados a muerte se las ingenian para evadir el castigo de la ley. El clero es igualmente poderoso y corrompido y ningún hombre tiene que subir al cadalso en La Habana, cualquiera que sea su crimen, si tiene los medios para satisfacer la rapacidad de la iglesia y sobornar a las autoridades civiles. Un criminal pobre y sin amigos es ejecutado pocos días después de que ha sido dictada su sentencia; pero una persona rica e influyente generalmente se las arregla para posponer la pena capital por una serie de años, y al fin lograr que se le conmute por una multa o la prisión.
 Tuve ocasión de conocer tres instancias de este tipo mientras estuve en Cuba. En un caso, dos muchachas, que fueron halladas culpables de haber asesinado a su madre, bajo circunstancias de la más profunda atrocidad, fueron condenadas a muerte. Su crimen excitó la indignación pública en un alto grado, y nadie pensó que tuvieran derecho a la más mínima misericordia o indulgencia. El populacho esperaba ansiosamente el día señalado para la ejecución, pero cuando este llegó las criminales no fueron presentadas. Pronto se anunció otro día, el cual, sin embargo, también pasó sin que con él llegara el castigo. Después de esto, las dos matricidas y la lenidad mostrada hacia ellas, gradualmente dejaron de interesar a la opinión pública, y al final, se declaró que infortunadamente habían escapado de la prisión y abandonado la Isla. Pero al cabo del tiempo salió a la luz que un tío rico, por medio de donativos a la iglesia, había logrado diferir dos veces la ejecución de sus sobrinas y, finalmente, que las autoridades civiles en privado les facilitaran los medios de escapar a la Florida.
 Hace algunos años, un español que vivía en los suburbios de La Habana descubrió que su esposa sostenía una correspondencia criminal con su confesor. Obcecado por los celos contrató un negro para asesinar al sacerdote. Cuando el asesino hubo cumplido su propósito, se fue a la casa de su empleador a altas horas de la noche y le dijo lo que había hecho, y demandó la compensación prometida; pero el español o no quiso o no pudo dársela y se intercambiaron algunas palabras gruesas, las que habiendo sido oídas por los vecinos, descubrieron todo el asunto. El español fue detenido, juzgado, encontrado culpable, condenado a muerte. Sin embargo, por medio del soborno, logró dilatar su ejecución por más de dos años. Habiéndose agotado sus fondos, la cruz negra y las linternas, la aparición de las cuales anuncia en La Habana que sólo quedan al criminal dos días de vida, fueron exhibidas ante las ventanas de la prisión. Pero a la mañana siguiente, para asombro de todos, fueron súbitamente retiradas; porque el desgraciado matador había, en un esfuerzo desesperado, logrado reunir la pequeña suma de dinero, y había comprado con ella un respiro de unas pocas semanas. Al expirar este lapso, fue llevado al cadalso y ejecutado. 


 John Howinson, Esq. Foreign Scenes and Travelling Recreations, págs. 128, 133 y 146. (Traducción Gustavo Eguren, La Fidelísima Habana, pp. 224-25). 

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