miércoles, 3 de octubre de 2012

Prosas de Gaspar




  León de Greiff

 
  Enamoradas ésas del amor, y de sus juegos accesorios, esótras de lo segundo singularmente, acaso más en lo cierto y valedero.
 Aquellas otras afincadas por redes y redecillas de prejuicios y temores: pero que se donaban y ricamente, en intención y pensamiento, de lo cual deducíanse muy sabrosos deliquios, un poco enervadores a la larga.
 En fin, el eternal proceso amatorio de todos los siglos, desde Eva y Lilith (pasando por la fastuosa teoría, por la aromosa guirnalda venusina de las donas ilustres y las damas galantes), hasta las de hoy fatales vampiresas, absolutamente semejantes a las ingenuas, o no tánto, burguesillas, o a las en bruto apetitosas musas campestres.
 Y soñé ser cazador de féminas sabidoras, por las florestas de los símbolos y emblemas, por los meandros de los mitos, por los laberintos de las leyendas y de las sagas.
 Pero mi vera vocación es la soledad. Mi delito real es la aridez. Y mi sola disculpa es el silencio. 
 La risa o la sonrisa y el rictus: tácitos glosadores, arquílocos benévolos y zoilos que asordinan leve incredulidad.         
 Otro tiempo fui leogrifo, y otra ocasión juglar de larga travesía, y alguna vez hube de incursionar por cotos vedadísimos, tras de la música y en pos de la poética: Dianas celosísimas que cribáronme con sus veneblos —pero mi solo vicio es el silencio, la soledad mi vocación, y la aridez mi crimen.
 Aridez, fino manto, vulnerable corteza tenue: por recatar —acaso— un espíritu asaz emocional.
 Silencio, joyel de músicas recónditas.
 Soledad, con los mudos amigos.
 Mudos amigos: cuya callada melodía por los ojos se cuela y se aposenta en el magín. Mudos amigos que otro ensueño ajeno creó. Mudos amigos que engendró el propio ensueño, si no urdió la fantasía, y vivos —ah, tan reales!— como nó los que topan conmigo o que discurren a la vera de mi aburrimiento.
 Soledad, con los mudos amigos; aridez, fino manto; silencio, joyel de músicas recónditas, floración de recuerdos, divagar...
 Ah, las jamás catadas elaciones nacidas del silencio! Las sortílegas músicas que la soledad acondiciona! Y la frescura espiritual que la aridez depara: fruición de callado embeleso, inebriante acinesia de extático y eufórico regusto!


 fragmentos, De Prosas de Gaspar, 1937

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