jueves, 1 de agosto de 2013

Juegos olímpicos





  Fray Candil


 La prensa parisiense ha prestado poca, poquísima atención a los juegos olímpicos celebrados en Londres. En cambio, los ingleses, los americanos del Norte, los escandinavos, los húngaros, los italianos mismos, les han acogido con verdadero entusiasmo. Entre los vencedores no figura un francés. Se explica esta indiferencia. El único «sport» que prospera en Francia es la esgrima, y perdónenme los «chauffeurs» que no incluya entre los deportes físicos el automovilismo. Tengo mis razones.
 La esgrima es un «sport» que no requiere fuerza, sino agilidad y «souplesse». Está en armonía con los rasgos salientes del carácter francés. No es la perseverancia, ni la paciencia, ni la abnegación, lo que le distingue. El disco, el salto, la carrera, el dardo, los ejercicios náuticos, la lucha... exigen un largo, oscuro y penoso aprendizaje. En Francia aumenta, sin embargo, por días el número de sociedades y de federaciones esportivas, pero los atletas no parecen.
 Yo, al menos, no les veo. Los «Hércules de feria» que invaden en estos momentos el bulevar no cuentan. El francés pretende ser el único heredero de la antigua civilización griega. Desde cierto punto de vista no lo niego. Sí, hay ciertas afinidades (intelectualmente hablando) entre el francés y el griego. La inteligencia de ambos es fina y más propensa a razonar que a someterse a los hechos. Gustan de la conversación frívola, del arte, del orden, de la claridad. En sus costumbres la cortesana ejerce un gran influjo. Por lo que toca a la religión, ni al uno ni al otro parece desvelarles el enigma del más allá. En lo referente a lo físico, no veo la menor semejanza. El galo es gordo, desgarbado, pelirrubio, de cara redonda. El griego (hablo del antiguo griego, tan diferente en todo y por todo al griego de hoy) era esbelto, dolicocéfalo, ágil.
 ¿Dónde están en Francia los gimnasios (de los que nos dejó Vitruvio una exacta descripción) y las palestras? 



 «El personaje ideal a sus ojos —dice Taine— no fue el espíritu pensador o delicadamente sensible, sino el cuerpo desnudo, de buena raza, bien proporcionado, activo, experto en todos los ejercicios.»
 Luciano, en su apología de la gimnástica, dice que preserva a los jóvenes de la loca ambición de luchar entre sí por fruslerías; que les impide volverse holgazanes, ligeros e imprudentes; que les enseña a defender el hogar, la patria y el honor.
 El origen de la gimnástica y de la agonística (del griego “agón”, que significa lucha) arranca de los tiempos prehistóricos. Desde época inmemorial se celebraban las fiestas de los dioses y el recuerdo de los héroes con juegos solemnes en que la destreza y el vigor muscular desempeñaban el principal papel. En estos ejercicios legendarios estaba ya el germen de los torneos ulteriores, que la legislación de Licurgo y de Solón contribuyó a desarrollar.
 Al francés le gusta la vida sedentaria. Su placer principal consiste en permanecer horas y horas de sobremesa charlando. Claro que su placer se duplica si es una mujer con quien habla.



 El boxeo es sin duda un «sport», pero un «sport» sangriento, despertador de la ferocidad que dormita en el fondo de nuestro organismo. No es un sport sereno, eurítmico. Asistí el otro día a un match de trompadas en Neuilly, ocupada ayer por la feria, con su charivari vulgar y pintoresco de barracas, y hoy, por el mundo elegante, taraceado de los más temibles granujas. Del otro lado de la avenida el Bosque extiende su sombra, tijereteada por ciertos coches de verano que pasean un amor que comienza o que acaba. En 1871 todo esto estaba sembrado de ruinas, al través de las cuales se ametrallaban comunistas y versalleses. Hoy es un suburbio de millonarios. Los automóviles vienen cargados de elegantes «toilettes». En el estadio dos púgiles medio desnudos, los puños crispados, se preparan a la lucha. Un placer nervioso agita a los espectadores. En torno de la arena se alargan unas cuerdas para impedir que los luchadores se arrojen sobre el público.
 Un timbre anuncia el reposo de los combatientes por unos segundos. Les secan las espaldas, les esponjan, les hacen masaje. El pugilato recomienda. El público no ha de ser más heteróclito: mundanas, actrices, literatos, hasta «souteneurs», cuyo tocado característico no permite que se les confunda con el resto de la multitud; alcohólicos, criminales salidos del hampa de París, de Londres y Nueva York, del bulevar de la Gare, de Whitechapel y de Bowery street, esos focos de la basura humana, especie de Bastro de harapos vivos. En uno de estos lugares (en Whitechapel) he visto yo a un mendigo comiéndose... ¡una cataplasma!
 Los boxeadores se acribillan a golpes. De las narices de uno de ellos fluye un chorro de sangre. Su adversario tiene un ojo negro. Los golpes suenan sordamente contra el pecho, contra la cabeza. Los bustos, pálidos al principio, se van volviendo rojizos; las piernas, nerviosas y rígidas, son de una blancura marmórea.
 El espectáculo es monótono. Descanso, lavatorio, masaje y... «reprise». Me fijo en los ojos de las mujeres. Brillan con ardiente sumisión. Estas hembras, que se dormirían de fastidio en el teatro, aquí abren los ojos ávidamente. ¡El cuerpo desnudo! ¡El músculo prominente, el puño agresivo! ¡Qué lenguaje tan irresistiblemente voluptuoso hablan a estas mujeres, eternas perseguidoras de la sensación brutal!
 ¡Cómo hubieran gozado con la «pasión» y muerte del terrorista Juan Rull (ejecutado ayer en Barcelona), de un colorido y de una intensidad genuinamente españoles!


 Con la capucha vuelta (crónicas), París, 1909, pp. 295-301. 

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