lunes, 4 de enero de 2016

Buell Quain





 Bernardo Carvalho


 5. El profesor Luiz de Castro Faria me recibió en Niterói al final de la tarde. Yo regresaba de los archivos de Heloísa Alberto Torres en Itaboraí. Hacía un calor tremendo. Castro Faria es una de las últimas personas vivas que conocieron a Quain a su paso por Brasil. Conversamos en la biblioteca de su apartamento en Icaraí. En 1938, a los veinte y cuatro años, participó, como antropólogo del Museo Nacional y miembro del Consejo de Fiscalización, en la histórica expedición a la sierra del Norte que llevó a Lévi-Strauss por Mato Grosso hasta Porto Velho, entre 6 de junio y el 14 de diciembre, en gran parte documentada en Tristes trópicos, y que luego se convirtió en un clásico de la antropología. El Estado Novo exigía la presencia de un cientista brasileiro en las expediciones extranjeras como una forma de control, figura que el propio Lévi-Strauss definió, no sin cierta antipatía, como "inspector fiscal".
 Hay una foto, de 1939, en que doña Heloísa aparece sentada en el centro de un banco en los jardines del Museo Nacional, entre Charles Wagley, Raimundo Lopes e Edson Carneiro, a su derecha, y Claude Lévi-Strauss, Ruth Landes e Luiz de Castro Faria, a su izquierda. Hoy, todos están muertos, a excepción de Castro Faria e Lévi- Strauss. Pero ya había en aquel tiempo una ausencia en la foto, que sólo advertí después de comenzar mi investigación sobre Buell Quain. A aquella altura, él todavía estaba  vivo y entre los Krahô, y la  imagen   
no deja de ser, de cierta forma, un retrato suyo, por la ausencia. Hay en toda fotografía un elemento fantasmagórico. Pero allí eso es todavía más asombroso. Todos los  fotografiados conocieron a Buell Quain, y por lo menos tres de ellos se llevaron a la tumba  cosas que yo nunca  podré saber. En   mi  obsesión llegué a sorprenderme varias veces con la foto en la mano, intrigado, aturdido, intentado en vano arrancar una respuesta de los ojos de Wagley, de doña Heloísa o de Ruth Landes.
 A los ochenta y ocho años, Castro Faria es un hombre lúcido, preciso y con una memoria a veces mejor que la mía, si bien sujeta a las distorsiones de las impresiones subjetivas, como la de cualquiera.  Habló de Quain durante más de una hora, sin cansarse. Al inicio, fue algo reticente. No llegaron a ser amigos: "Mis relaciones con él fueron superficiales. Siempre me trató muy bien. No tuvimos intimidad. Como no convivía con él, apenas nos encontrábamos, no sé nada de su vida particular. Quain tampoco era especialmente amigo do Wagley. Eso creo. Fueron contemporáneos. Siendo ambos alumnos de Columbia, eran solidarios. Todos ellos eran alumnos de Franz Boas, lo que aportaba un tanto de personalidad. Boas distinguía a los buenos alumnos. Él era el instructor de investigación antropológica en Brasil para los americanos. Wagley era de mi edad. Estuvimos siempre juntos. 
 Era mi amigo, muy buen amigo. Estaba siempre en Brasil. Se casó con una brasileira. Nosotros lo llamábamos Chuck. Él hizo el servicio militar durante la guerra como técnico de servicio público. Nadie quedó perturbado con la muerte de Quain. Ni entre los colegas suyos de Columbia. Es así en América, donde las personas son muy individualistas. Heloísa sí, porque ella era, en Brasil, la responsable de la investigación de él. Ser responsable de alguien en aquella época era una cosa muy seria, porque usted tenía que rendir cuentas a los órganos oficiales, que tenían un enorme control sobre el espacio brasileño y la investigación. Los órganos de represión eran muy activos".
 Mientras él hablaba, me acordé de haber visto horas antes, entre los papeles que doña Heloísa había dejado en los archivos de su casa en Itaboraí, una carta en que, semanas después de la muerte de Quain, ella reprendía al delegado de policía de Carolina, capitán Ângelo Sampaio, como si fuese su alumno o subordinado. Estaba muy irritada, exasperada con la propia impotencia ante la incompetencia y el atraso de sus compatriotas. Sus insistentes pedidos para recuperar los bienes de Quain, retenidos por la policía de Maranhão, no habían tenido ningún efecto, lo que la dejaba en una situación todavía más delicada ante las autoridades americanas y del Departamento de Antropología de Columbia. Su autoridad estaba siendo posta a prueba. En la carta, ella exige de una vez por todas el material dejado por Quain y dice al capitán que el caso se ésta convirtiendo en "una vergüenza nacional". 
 Haciéndome el tonto, pregunté por su apariencia física, sobre lo que en general ya sabía, pero en verdad más interesado en las impresiones que había dejado y en las reacciones que su figura podía haber provocado que en su imagen real: "No tenía nada de especial. Él era joven, bastante joven". ¿Gordo o flaco? "Gordo no era, de hecho nada. Ni muy flaco. Era una persona de aspecto común, digamos." ¿Rubio o moreno? "No era rubio claro, no. Era más bien moreno. No tenía ninguna seña especial." Ante la dificultad para arrancar alguna cosa del viejo profesor, decidí preguntar lo contrario de lo que quería saber. ¿Era feo? "No, era más bien bonito, una figura simpática." 
 Poco a poco, Castro Faria fue estando más a gusto para hablar de las "excentricidades" del colega americano, y llegó a citar más de una vez a lo largo de nuestra conversación una comida que Buell Quain le ofreciera en un restaurante de lujo en Copacabana y que lo había impresionado mucho: "Le voy a contar una historia cuya veracidad tal vez nunca se pueda comprobar. Wagley me dijo en una ocasión que, cuando eran contemporáneos en la Universidad de Columbia, algunas veces pagó almuerzos a Quain con la beca que él, Charles Wagley, recibía. Sólo mucho más tarde fue que descubrió que quien le daba la beca era el propio Buell Quain. El dinero venía de él. Esto es común en los Estados Unidos, usted dona recursos. Ese era un rasgo suyo. Según se decía, era muy rico. Era hijo de médicos. Tenía mucho dinero. Pero detestaba usar el dinero. Era una obsesión. Esa preocupación de no dejar translucir que tenía recursos, y de vivir siempre en condiciones que ocultasen su verdadera condición. Una vez, para que usted tenga una idea, me pagó una comida en un restaurante de lujo en Copacabana, cuando vivía en un hotel de tercera en la calle de Riachuelo. Para no gastar dinero. Él detestaba ser rico".
 La cuestión del dinero daría un capítulo aparte. En primer lugar, nada en la historia familiar indica que Quain viniese de un medio especialmente rico, si bien tampoco fuesen pobres, lejos de eso. Eran médicos bien exitosos de Medio-Oeste.
 Durante su trabajo de campo en Brasil, el joven etnólogo llegó a pasar por momentos realmente difíciles. Habla de eso en una carta a doña Heloísa, fechada el 27 de mayo de 1939, cuando regresa a Carolina para buscar dinero: "Ahora que el dinero llegó, me siento tonto por haber enviado un pedido tan desesperado a Ruth. Las personas en Carolina han sido muy solícitas y obtuve todo el crédito que necesitaba. Pero prefiero no acumular deudas. Regresé a Carolina sin zapatos y me sentía inseguro por causa de mi apariencia de  pobre. La única disculpa que tengo para verme en esas situaciones es el hecho de que encuentro muy importante el poder dedicar todo el tiempo posible al trabajo etnológico. Pero debo a la señora y al dr. Othon [Leonardo, geólogo del Museo Nacional] una  explicación por no haber hecho honor a la posición social que sus 
cartas me proporcionaron. Me mantengo en buenos términos con los amigos del dr. Othon —pero mi pobre figura y mi mal portugués me intimidan ante ellos. Tengo la certeza de que me encuentran grosero a causa de mi comportamiento".
 Lo principal del patrimonio de Quain provenía de un seguro y de su propia economía. Es increíble como después de su muerte casi toda la correspondencia entre doña Heloísa, Manoel Perna, Ruth Benedict, la madre y la hermana del etnólogo haya girado en torno al dinero que dejó, sin que quisiesen tocarlo, como si estuviesen imbuidos, por las instrucciones del muerto, de llevarlo adelante, de hacerlo llegar a su destino. Años después, en una absurda intriga de departamento, Ruth Benedict fue acusada por enemigos suyos de haber mandado a Quain al Brasil ya con la idea de heredar su patrimonio, como si previese la muerte del alumno y tuviese conocimiento previo de su decisión de donar sus bienes a un fondo de investigación administrado por ella, lo que era totalmente inverosímil. Buena parte de las cartas dejadas por el muerto no trata de otra cosa. En el caso de la beca de Wagley en Columbia, sin embargo, es posible que Castro Faria se haya confundido en relación a las fechas, por lo menos, toda vez que el fondo de auxilio a la investigación antropológica en la universidad fue creado sólo después de la muerte de Quain y siguiendo sus instrucciones.
 En cuanto a la historia del restaurante de lujo, curiosamente, fue sólo mucho más tarde que la referencia a otra comida, también en un restaurante en Copacabana, pero esa vez con el antropólogo Alfred Métraux, me reveló una dimensión de la personalidad de Quain que nadie ni ningún documento que yo hubiese consultado hasta entonces había osado mencionar directamente.
 Algunos han tratado de explicar la muerte de Quain por sus espejismos. A finales de 1938, al anunciar la llegada de Charles Wagley a Río, William Lipkind escribió a doña Heloísa: "Es un buen muchacho. No le deje perseguir espejismos como Buell". Lipkind se refería a la frustrada expedición del colega entre los Trumai del río Coliseu. Cinco años más tarde, el 30 de abril de 1943, la propia doña Heloísa se vio obligada a responder a la disparatada indagación de un tal John J. Feller, de St. Louis, Missouri. Su respuesta da una idea del punto al que pueden llegar las mistificaciones. 
 
"Apreciado Señor,

"Siento decepcionarlo con esta carta, pero la información que el señor recibió sobre la búsqueda del dr. Buell Quain por una legendaria Ciudad de Oro es absolutamente descabellada y no soporta la más mínima consideración. 
"Buell Quain fue un antropólogo que realizó su trabajo de campo entre algunas tribus de los afluentes del río Xingu, en el estado de Mato Grosso. Sus informes y notas de campo son de interés estrictamente científico, sin ninguna referencia a asuntos tales como errancias en busca de oro o de ciudades perdidas, y no tienen otra utilidad que la de un propósito científico. Su segunda expedición en Brasil lo llevó a los indios krahô, que viven en el sur Maranhão. El dr. Quain llegó al Brasil en 1938, y por tanto falta todo fundamento a su afirmación de que habría emprendido una expedición en 1927."
 "El único espejismo que yo puedo admitir que él tuviese era ese de un mundo sin ricos, porque era realmente una ideología. Él no quería parecer rico. Era su rasgo de carácter más marcado. No tengo dudas. Fue una experiencia curiosa suya que me convidara a comer en un restaurante de lujo en Copacabana cuando vivía en una pensión de tercera en Lapa. Existía esa oposición entre la vida pública y la vida privada, porque él siempre insistió en negar la posibilidad de vivir tranquilamente como rico, pero garantizaba esa situación para los amigos. Él siempre vivió esa obsesión: no parecer y en realidad ser. Él procuraba preservar la vida privada de todo contacto exterior", me dijo Castro Faria.

 Cuando embarcó, en Corumbá, a finales de abril de 1938, en el Eolo, un barquito que lo llevaría, subiendo el río Paraguai, hasta Cuiabá y al encuentro de Lévi-Strauss, Castro Faria se sorprendió al avistar sobre el asiento de una cabina cuya puerta había quedado abierta un libro del etnólogo alemán Von den Steinen, Unter den Naturvolkern Zeniral-Brasiliens, que narra su expedición en la segunda mitad del siglo XIX al alto Xingu. Todavía no había traducción al portugués de ese que es considerado un precursor y un clásico de la etnografía en Brasil. El pasajero que ocupaba aquella cabina sólo podía ser del área. "Yo lo encontré a bordo de un barco que hacía la ruta de Corumbá a Cuiabá. Lo registré así en mi diario: 'Etnólogo a bordo'. "Buell Quain estaba yendo de Porto Esperança a Cuiabá, desde donde pretendía llegar a los Trumai. En Cuiabá, para sorpresa de Castro Faria, el joven etnólogo americano ayudó a descargar un camión con el equipaje de Lévi-Strauss, lo que sólo reforzó en la cabeza del brasileño la idea de que Buell Quain tenía "la constante preocupación de demostrar que no era nadie, como si fuese un empleado de servicio".



Bernardo Carvalho (Rio de Janeiro, 1960). Novelista, uno de los más importantes de la actual literatura brasileña. Periodista y columnista de Folha de S.Paulo. Publicó el volumen de cuentos  Aberração (1993) y las novelas Onze (1995), Os bêbados e os sonámbulos (1996) Teatro (1998), Medo de Sade (2000), Mongólia (2003) O Filho da Mãe (2009) y Reprodução (2013), entre otros. “Buell Quain” es un breve fragmento de su novela Nove Noites (2006).  


Traducción: M. Varón de Mena 

Tomado de Potemkin ediciones, no. 10, 2015. 

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