lunes, 21 de agosto de 2017

El karma de Ibarzábal




 Pedro Marqués de Armas

 Mientras buscaba en Internet la pasada semana artículos sobre Rafael Blanco, caricaturas, dibujos o viñetas suyas, siempre con la esperanza de dar con aquel “Árbol genealógico” que tanto me impresionara, allá por 1992, y que conocí de manos de Carmen Paula Bermúdez (la copia zozobró y apenas conservo remedo en la memoria), tropecé con un –digamos así– inquietante poema de Federico Ibarzábal donde el dibujante hace una entrada fantasmal.

 Aclaro que se trata de un loable poema de época tan olvidado como su autor:

 Esa calleja en sombras, hecha para un apunte
al lápiz como aquellos que hiciera Rafael Blanco;
y esa misma silueta, vaga, del transeúnte,
y aquella pordiosera que duerme sobre un banco,

 tienen la milagrosa virtud evocativa
de lo que presenciamos hace tiempo. Quizás
en uno de esos seres anónimos quien viva
con el alma que tuvo hace siglos... Es más

 estrecha, sin embargo, esta calle de ahora,
pero el cielo es el mismo; el cielo de cobalto
que viera hace cien años, en la trasnochadora
andanza de mis lances...

 Basten estas estrofas para orientarnos en “Salmo del trasnochador”: cierto prosaísmo, ambiente urbano, más bien discreto, y una ficción del pasado del propio poeta que asume, sin más, el leitmotiv de la reencarnación. El poema va subiendo de tono pero, por fortuna, no pierde fantasmalidad, ni esa errancia de claroscuros que se esfuma, finalmente, como mismo se diluye Rafael Blanco en apenas unos versos.
     
 Ibarzábal hace entrar al dibujante en su poema, lápiz en mano, con la misma delicadeza con que hace entrar su espectro, acompañado de viandantes y mendigos. Hay en el apunte, bien visto, y en el deslizamiento de un nombre, algo sombrío.

 Inevitable pensar en el soneto de Baquero “El huésped”, donde el autor de Magias e invenciones se hacía visitar por el fantasma del malogrado poeta René López. Verso a verso, Baquero lo va vistiendo, como si de animar una momia se tratase: limpia sus ojos, le pone sombrero (su sombrero) y hasta le ofrece “unas corbatas color de azul celeste”, porque solo así, vestido, se puede hablar del más allá con un espíritu amedrentado que se arroja en brazos y echa a llorar.


 Al igual que Rafael Blanco, la presencia de René López es comedida, si bien no velada. Se trata, en cada caso, de visitantes que fluyen en armonía por unos versos que apenas habitan. Blanco, un trazo fugaz al amanecer, y López, un efímero retrato nocturno.

 Ambos fantasmas llevan a otro, muy distinto: el de Julián del Casal en el poema de Piñera “Naturalmente en 1930”. En noche ahora más negra, “entre tantas insondables”, tiene lugar el encuentro. Más que visitación, es una visión a la que el poeta interroga: Piñera ve a Casal “arañar un cuerpo liso” y hacerlo con tal vehemencia que sus uñas se rompen, mientras a su pregunta responde que “adentro estaba el poema”. Fantasma real, nadería física, Casal se pierde en una cruda intemperie.

 Federico de Ibarzábal, supremo olvidado, gozó en su época de reconocimiento como poeta de su karma. Salvador Rueda prologó uno de sus libros. Lamar Schweyer escribió un encendido ensayo sobre su poesía, y Federico de Onís lo incluyó en su prestigiosa Antología de la poesía española e hispanoamericana (1934).

 “Salmo del trasnochador” podría ser uno de sus mejores poemas. Apareció en Cuba Contemporánea en 1923, como parte del “libro en prensa” Castillos en el aire.

 Ya había publicado Huerto lírico (1913), El balcón de Julieta (1916) y Una ciudad del Trópico (1919), entre otros. Poeta desigual, más a menudo endeble, recuerdo ahora dos buenos sonetos suyos: “Lienzos marinos” y “Casino tropical”. Si la atmósfera del primero –en realidad una serie– es plácida, la del segundo, irónica y opresiva, deja reconocer la acidez de algunos cartones de Rafael Blanco.

 Es el mismo casino fantásticamente recreado por Wallace Stevens en su “Discurso académico en La Habana”, con sus cisnes abatidos por un ciclón y la “excéntrica calma” del pueblo ante un mítico Rey Maní.


 Lamar Schweyer dijo de él: “No hay poeta cubano más complicado que Ibarzábal”. Elogia sus poemas épicos (Gesta de héroes, 1918) en virtud de “imágenes sangrientas” e “ideas fuertes”, pero lo tacha de espíritu vacilante y llegar a decir que le produce vértigo, al cambiar, en Una ciudad del Trópico, hacia una poesía frívola, fácil y risueña.

 Ve en el carácter urbano de los versos, un Carnaval, una “extraña mezcla de lo moderno y lo viejo”, y denuesta que el poeta –no grande, pero sí “gran sensitivo”– no logre hacerse de estilo propio, como Valle Inclán.
 
 Y no lo hay, claro. Pero es el ambiente propicio de los años de alza económica, cuando el dinero corre en “la ciudad picante y loca /… engarzada en una roca/ como un diamante colosal…”. Sonetos y rimas coloniales, a la vez postal antigua y crédito moderno, cualidad de una época donde se insinúa, sin embargo, algo de ironía tras la asumida frivolidad.

 Como novelista, Ibarzábal también ha sido olvidado. Se le recuerda un tanto por sus cuentos y relatos, casi todos posteriores al grueso de su obra poética. Y acaso resalte más por su antología del cuento cubano, primera de su tipo, publicada por la Editorial Trópico en 1937, y por su pertenencia al Grupo Minorista. 

 Al igual que Serpa, Montenegro, y Novás Calvo, cultivó el tópico marítimo, y la violencia, en general; pero suele reconocerse únicamente destellos en su conradiano “Todo bien a bordo”. En otra narración loable, recrea, con realismo, el linchamiento de Ainciart, el jefe de la policía machadista:

  “Alguien trae una cuerda. La escena es bajo un farol del alumbrado público que acaba de encenderse. Un relente macabro, de pesadilla y obsesión, flota sobre la plaza. Hay un griterío ensordecedor. Un hombre trepa ágil al palo. Amarra la cuerda en lo alto y desciende. Otros han pasado un lazo por el cuello del jefe de la policía. Lo izan. Van a “ahorcar” el cadáver... Pero la cuerda se rompe y el cuerpo cae a tierra, rebotando como una pelota sobre el embaldosado. La gente ríe. Unos se cubren el rostro con las manos o vuelven la cara. Tres o cuatro descargan puntapiés que suenan a hueco, y lo escupen. Muy de noche se lo llevan de la ciudad”.


 En 1983 Enrique Sainz recogió y prologó bajo el título “La isla de los muertos y otros relatos” algunas de sus ficciones, y hace pocos años lo desempolvó nuevamente en un ciclo de conferencias sobre autores olvidados organizado por el Centro Alejo Carpentier. Más reciente, en 2014, la investigadora Cira Romero ha reunido sus mejores piezas bajo el título de La mujer de yeso y otros relatos.

 Pero volvamos al Ibarzábal trasnochador a la caza de su propio fantasma en otras vidas, ingenuamente encubridor de un pasado de glorias pero aun así, por qué no, todavía algo inquietante.   

            Salmo del trasnochador

 Estos amaneceres mágicos tienen una
transparencia inconsútil como gasas de olvido...
Yo he paseado otra vida bajo esta misma luna;
estos amaneceres ya yo los he vivido.

 Esa calleja en sombras, hecha para un apunte
al lápiz como aquellos que hiciera Rafael Blanco;
y esa misma silueta, vaga, del transeúnte,
y aquella pordiosera que duerme sobre un banco,

 tienen la milagrosa virtud evocativa
de lo que presenciamos hace tiempo. Quizás
en uno de esos seres anónimos quien viva
con el alma que tuvo hace siglos... Es más

 estrecha, sin embargo, esta calle de ahora,
pero el cielo es el mismo; el cielo de cobalto
que viera hace cien años, en la trasnochadora
andanza de mis lances... Hoy miro en el asfalto,

 húmedo por la lluvia que de los cielos fluye,
el perfil de las grandes casonas reflejado;
pero no está la casa que yo busco. Rehúye
a mi encuentro este punto de mi viejo pasado.

 Yo era, en aquel entonces, lo que ahora: poeta...
Poeta con un vivo tinte de vanidad.
Y paseaba las calles mi lírica silueta
ante todas las hembras de aquesta vecindad.

 Pero eso fue en las brumas lejanas de otra vida...
Yo era un buen estudiante que llegó a bachiller
que cerró los libros, el alma adormecida
por los suaves arrullos de una voz de mujer.

 ¡Oh, mi vida pasada! Gente prócer, doblones,
escudo de armas, limpio, de mis antepasados!
Y la casa paterna, con amplios portalones,
el cariño fraterno, los maternos cuidados.

 Y he tenido otras vidas, señores. ¡Oh, yo he sido
todo a lo que en la vida uno puede llegar;
Emperador, y Papa, y pirata, y bandido...
Casi un Dios en la tierra y un demonio en el mar.

 Ardí últimamente en una pira ingente
que para mí prendiera la Santa Inquisición...
Aún recuerdo las risas de aquella mala gente,
los salmos religiosos, la negra procesión...

 Por cierto que ese día en que yo fui quemado,
hubo un maravilloso espectáculo: fue
(y esto lo sé yo solo), mi espíritu llevado
a una tierra lejana en la que transmigré.

 Después, yo no sé cómo, esa vida se esfuma.
Ruedan siglos. Yo vuelvo a la vida otra vez...
¿Pero dónde están, digo a la nocturna bruma,
mis antiguos ensueños, mis andanzas, mi prez?

 Y al hallarme de nuevo en la vida, esta vida
que es buena, aunque es imbécil en cierto modo, suelo
dialogar con las sombras en la noche aterida,
cruzar tranquilamente esta oscura avenida,
amar a las mujeres y dar gracias al cielo. 



 Cuba contemporánea, septiembre de 1923, pp. 92 y 93.


sábado, 19 de agosto de 2017

Filo y punta de Rafael Blanco


  Juan David

 La revista habanera El Fígaro, en su edición del 4 de marzo de 1906, publicaba un grabado con el siguiente pie explicativo: «Caricatura del maestro Lasker por el joven aficionado de ajedrez, señor Rafael Blanco.» Al parecer, al autor del texto, tan ambiguo y poco entusiasta, le interesó más destacar la curiosa afición del aprendiz de ajedrez que significar los valores de la caricatura objeto de su comentario. Tampoco pudo presumir que su publicación cobraría particularidad histórica: con ella Rafael Blanco iniciaba una revalorización de las formas caricaturales, mientras anunciaba, de paso, cambios que ocurrirían en la plástica cubana veinticinco años después, propiciados por el apostolado trashumante de Víctor Manuel. Por esos años domina en la caricatura cubana Ricardo de la Torriente, epígono de un estilo que impusiera el español Víctor Patricio de Landaluze al iniciarse como caricaturista en La Charanga a mediados del siglo XIX. Al estilo colonial, Rafael Blanco opuso el suyo propio, aprendido de dibujantes europeos, conocidos seguramente por vía de publicaciones literarias y artísticas que llegaban a Cuba procedentes del Viejo Continente. Tres años de aprendizaje en la Academia San Alejandro no despertaron su intención creadora; por el contrario, lo permearon de un academicismo feroz. El gran artista que renovaría nuestra caricatura no aceptaba rectificaciones conceptuales, y menos aun, subversiones en las otras artes.
 Amaba el romanticismo a ultranza de Leopoldo Romañach y los «caramelos» que pintaban Valderrama y García Cabrera. En cambio, su obra satírica es antiacadémica, animada por un agudo espíritu renovador, tanto en las formas como en el contenido. No se inspiró en lo grotesco, ni siguió el canon deformador de lo externo, caballo de batalla de Ferrán, Landaluze, Cisneros, pintores que pretendieron hacer caricaturas: distorsionaban las formas hasta hacerlas parecer albóndigas mal modeladas. Blanco, recurrió a la buena fuente de Daumier y la actualizó al sintetizar sus grafismos con rasgos y manchas sumarias, trazadas sin dificultad, como al desgaire. Reunidas orgánicamente, significan un hombre o una reunión de hombres y cosas. Dominaba en la composición la fuerza expresiva sobre cualquier exageración circunstancial.

 Pero nada era improvisado. Nuestro gran artista no concebía el facilismo, ni dejaba nada al accidente; cada signo que trazaba era pensado, calculado como jugada de ajedrez, para recrear una realidad despojada de aditamentos periféricos que ocultasen el espíritu de las cosas. Tanto es así que sus personajes cobran rara transparencia de fantasmas engarzados en el espacio blanco y gris con que gustaba entonar sus dibujos.
 Triunfador, su talento es reclamado por las publicaciones más importantes del país. Dibujó para los diarios La Discusión, El Mundo, Heraldo de Cuba; las revistas El Fígaro, Letras, Bohemia, Pay-Pay. En 1913, fundó el semanario H. P. T., que tuvo poca proyección pública.
 Por más de veinticinco años mantuvo beligerante militancia en la prensa nacional, donde ahondaba en el paisaje político y social de nuestra patria, cada día más sucio y amargador. El ideal de una República «con todos y para el bien de todos» se frustraba y prostituía en manos de una casta de advenedizos, fieles servidores del imperialismo, que administraba la nación a su antojo y desvergüenza
 Blanco comparte la desazón popular y ataca sin tregua y certeramente el caótico y subdesarrollado mundo que habita, pero no cae en el choteo. Su arte no provocará nunca carcajadas irresponsables; está hecho para levantar silenciosas y ardientes ronchas que hagan pensar a quienes quieran tomarse el trabajo de hacerlo. Como afirmara Jorge Rigol en el catálogo de la exposición póstuma que presentó la Galería de La Habana en 1965:  
 “La mirada de Blanco enciende la cólera contra los usufructuadores de la patria, se ensaña contra los practicantes de abortos, pone al desnudo la respetabilidad burguesa, denuncia la prostitución organizada, pasa desilusionada sobre los símbolos de la bandera y el escudo y se posa con dolorida ternura sobre niños, mujeres, ancianos desamparados”. 

 Sin embargo, pareciera que tan fiera y amplia mirada, concentrada en abarcar tanta e inmediata circunstancia del quehacer nacional, no alcanzó a visualizar el fenómeno imperialista. No recordamos sátira alguna que denuncie u hostilice ese evidente promotor de las desgracias cubanas. ¿Es que Blanco pensaba que los cubanos, pecadores impenitentes, eran los únicos culpables de ellas? Muchos de sus coetáneos mantenían tales criterios, unos por culpa de un análisis simplista del problema, otros con esquinada intención.
 En pleno triunfo, cuando se le cataloga entre los más valiosos y originales caricaturistas de América, Blanco decide cortar su comunicación con el mundo: abandona sus colaboraciones en la prensa, desaparece de la circulación, y por un tiempo nadie sabrá donde anda ni lo que hace. La Gaceta Oficial se encargará de informar sobre su destino, cuando reproduce el nombramiento de Inspector de Dibujo en las escuelas primarias del Estado. Sorprende tan drástico viraje, ocurrido en el momento más significativo de su carrera. Más tarde dejará entrever que un íntimo rechazo al diario bregar periodístico y un cierto temor a ser preterido, marginado por la presencia de nuevos jóvenes caricaturistas —surgidos de la lucha antimachadista—, lo decidieron a preferir el oscuro prestigio que podía derivarse de un cargo burocrático, a la gloria cotidiana que le ofrecía la prensa.


 Se alejó del mundanal ruido, sumergiéndose en silencioso clandestinaje, que solo abandonará para cumplir obligaciones del cargo, jugar alguna partida en el Club de Ajedrez o concurrir a un sindicato obrero avecindado en la calle Muralla, donde enseñaba los secretos del juego ciencia. Más tarde se sabrá que estas no fueron las únicas actividades de aquellos años de retiro voluntario. silenciosamente, con la calma que el ajedrez le ayudó a ejercitar, realiza entonces su obra más ambiciosa: una vasta colección de dibujos a la aguada, donde, de manera singular, reflejó la imagen de toda una época desilusionante y contradictoria, interpretada con severidad inaudita, en estampas llenas de alusiones satíricas, en las que su peculiar grafismo —hecho de escorzos y manchas que sugieren formas y definen caracteres— se exacerba hasta la crueldad, para visualizar, en todo su esplendor, la demoliberal república de «generales y doctores».

  Su natural escepticismo, agudizado por las cosas que veía y presentía a su alrededor, se volcó en aquella ejemplar secuencia criticista que abarca cada ángulo de la vida nacional, física y moralmente enajenada. La recrea a su manera peculiar, al extraer de la vida cotidiana prototipos psicológicos: gente sufridora de la vida, señores encopetados, prostitutas de todo rango, celestinas, curas, soldados, politiqueros. En esas estampas, el humor tenía caracteres distintos: dramático, como en "El árbol genealógico"; irónico sentimental en Los noctámbulos; sarcástico cuando dibuja "El pobre… ¡era tan bueno!"; amargo en "La casita criolla". Es notable la ajustada sincronización sustantiva que lograba entre la imagen y el texto, parco casi siempre, tomado de dichos populares o de referencias literarias, a veces tan esotérico que dificulta su comprensión. En algunos dibujos —"De todo hay en la viña…", por ejemplo— deja entrever cierto prejuicio racial, pecado en que cayó nuestro gran artista influido, con seguridad, por la prédica reaccionaria de algunas amistades que lo rodeaban. Tampoco hay que olvidar que esa actitud que hoy nos parece incomprensible obedecía entonces a un sentimiento arraigado en los distintos segmentos de aquella sociedad, remanente esclavista de la colonia, revitalizado por las nuevas formas discriminatorias importadas por el imperialismo norteamericano.


 Esto no merma en nada los valores indiscutidos de su obra satírica, subrayada por la colección de caricaturas de los personajes en tránsito por aquel mundo dislocado. En ellas, el estilo se hace de una sutileza más acabada: planos, líneas y manchas, logran su objetivo con una plasticidad superior y más actual que en las estampas satíricas, en las cuales la pincelada se ajusta más a las normas convencionales.
 Sin antecedentes entre nosotros, ni seguidores, Blanco representa un hecho aislado, solitario, en el humorismo criollo. Su intención satírica, inteligente y cultivada —que vibra y se emponzoña al impulso de una cubanía preocupada por las cosas de la patria—, queda sin eco, no influye en sus coetáneos ni encuentra continuadores en las generaciones que vinieron después. Del grupo surgido en La Semana (1925), solo Hernández Cárdenas (Her-Car) deja ver cierto acento nostálgico que lo recuerda, pero no llega a la escéptica sonrisa blanquista.
 Abela, que tiene buen average en el tratamiento de los asuntos cubanos, es menos trascendentalista; su humor, sin ser choteo, es guiado por la sensual sabrosura criolla. Nada de esto resalta en Blanco. La enjundia de su estilo no se localiza en el criollismo; tiene dimensión cubana, que es la vía para salir del folklore hacia la universalidad. Esta sutil diferencia de matices puede explicar muchas cosas, entre ellas, el «exilio» de Blanco.
 En la medida en que los problemas se entreveraron y la prensa fue siendo propiedad de políticos y comerciantes, gravitó sobre cada rasgo caricatural una vigilancia casi policial que impedía cualquier travesura que no estuviese contemplada en las reglas del juego.
 El afilado criticismo de Blanco, dirigido contra lo peor, no juzga su época con risa divertida, tampoco toma actitudes intransigentes de moralista con bombín y calzoncillos largos. Su actitud se dirigía a mostrar los hechos mediante imágenes de simbología tan peculiar que hizo sonreír a los descreídos y despreocupados. Todo lo que tendiera a calar hondo, conmover los espíritus y despertar conciencias estorbaba. Blanco debió percibirlo y esa fue la causa de que se decidiera por la burocracia, sin renunciar a su arte, donde se halla la verdad que hiere.
 El tiempo juzga cosas, hechos, hombres y los remite al lugar que les corresponde; condena al silencio a unos, a otros los afirma y revive. Blanco es de estos. Su obra resistió el embate de los años, aupándolo al sitio que conquistó. Es de esperar que esa obra, hoy dispersa, sea reunida en un libro, espejo revelador de las angustias de un hombre traducidas en afanes artísticos que renovaron la caricatura cubana y prepararon las condiciones para que el renuevo cundiera a sectores más amplios de las artes.
 Por lo demás, permitirá conocer la otra cara de una época rica y divertida para unos, pobre y amargadora para los buenos espíritus como Rafael Blanco, maestro sin discípulos, cuya lección llegará silenciosamente a los que quieran aprenderla.



  Itinerario de Rafael Blanco

 Rafael Blanco Estera, nace en La Habana el 1ro de diciembre de 1885. En 1902 ingresa en la Academia San Alejandro, donde cursa estudios de pintura y escultura hasta 1905.
 En 1912 presenta su primera exposición en el Ateneo y Círculo de La Habana, con ciento cinco caricaturas personales y escenas costumbristas. Expone en 1914 ciento cincuenta obras —caricaturas personales y dibujos artísticos— en la Academia Nacional de Artes y Letras.
 En abril de 1918 una ley del Congreso le concede una pensión. Viaja por México y los Estados Unidos durante cinco años.
 Obtiene Medalla de Oro en el V Salón de Humoristas patrocinado en 1925 por la Asociación de Pintores y Escultores.
 En 1928, al celebrarse en La Habana la VI Conferencia Pan Americana, expone ochenta cartones satíricos y costumbristas. La revista Life reproduce sus caricaturas de los miembros del gabinete de Gerardo Machado.
 Conquista Medalla de Oro, en 1930, con los óleos enviados a la Exposición Iberoamericana de Sevilla.
 Expone parte de su colección satírica en el Lyceum y Lawn Tennis Club en 1932. Vuelve a hacerlo en 1941 y 1943 en el Círculo de Bellas Artes.
 La Asociación de Caricaturistas de Cuba lo nombra en 1950 Presidente de Honor. En 1956, muere el gran caricaturista cubano en la ciudad que lo vio nacer.

 Juan David: La caricatura: tiempos y hombres, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2002. 

jueves, 17 de agosto de 2017

En la muerte de Rafael Blanco

                                                                                   (Sanguily)
 
  Rafael Suárez Solis

 ¡Y menos mal que nos acordamos de él en la hora de su muerte! Le teníamos olvidado. Hasta cuando aluna vez enviaba algo a los salones de humorista. ¿Por qué? ¿Acaso el sello de sus caricaturas había envejecido en la perseverancia de la originalidad? ¿Hubo algún otro que pudiera imitarle hasta petrificarlo en el lugar común? No sé de ninguno. Cuando se nace con el don de lo original no hay riesgo de padecer a los imitadores. Fue el propio Rafael Blanco el culpable de su ausencia en la estimación de los demás. Había caído en la trampa criolla de esa vana supervivencia que es agarrarse al clavo ardiente de la burocracia. Atrapó un sueldo discreto ¡y adiós miseria! Vivió de espaldas desde entonces a esa juventud de artista cuya biografía cabe en esta frase: “Pan para hoy; hambre para mañana”. Y así es como aquí dimiten tantos el dolor que en otras partes nutre de gloria a los pueblos. En Cuba ese sacrificio tienta menos porque la miseria no tiene compensación alguna. El dinero opaca el precio del mérito. La estimación, el respeto, la categoría se dan por añadidura. ¿Y cómo alcanzara aquí el caricaturista esos laureles? El caricaturista resulta a la postre un pesado: lo peor que se puede ser en Cuba. Es un hombre expuesto a tantas enemistades como aciertos comete con el lápiz.


 Recuerdo dos anécdotas que ponderan la agudeza de la mirada estrábica del buceador de retratos que fue Rafael Blanco. Enrique Fontanills, tan tolerante, tan comprensivo, de una benevolencia gruesa como su propia humanidad, se enfrentó un día a la caricatura que le hiciera Rafael Blanco, y la reacción del apacible cronista social fue esta frase airada: “Esto no es un retrato de amigo; es un agresión personal.” Un poco ya madura, pero todavía con su rostro de madona gitana, Pastora Imperio tomaba conmigo un día el aperitivo en el viejo café del hotel “Florida”, de la calle del Obispo. Rafael Blanco había publicado en la revista “Social”, de Massaguer, una caricatura de la insuperable bailaora.
 -Esto no se le hase a una mujé, y menos a esta mujé –me decía Pastora Imperio enarbolando como un garrote la revista enrollada.
 -Pero no me negará que como caricatura…
 -Esa manera de señalá se deja pa los políticos, que siempre están amargándole la vida a la gente. ¿Pero qué mal le hase a naiden una bailaora, que ensima no es fea d’el to?


 La casualidad hizo que en aquel momento entrase en el café Rafael Blanco a comprar cigarrillos en la vidriera del tabaco. Quise aprovechar la ocasión para que la cortesía pusiera paz entre los contrincantes, y a ver si se lograba que el verde de los ojos de la gitana volviera a ser agua de esmeralda en vez de fuego de Medusa.
 -Pastora, ¿quiere conocer personalmente al caricaturista?
 -Pa luego es tarde.
 -Puede ser ahora mismo. Es aquel que está comprando cigarrillos.
 -¿Aquella poquita cosa? …¡Pobresito! Tráigamelo, que le voy a obsequiá con pasteles rellenos de arfileres.
 Por haberse ido a tiempo, Rafael Blanco vivió hasta hoy. ¿Pero vivió como debió haber vivido?
 Esta pregunta plantea el problema de lo que ha dado en llamarse la protección oficial a los artistas. Una beca o un destino no debe ser una limosna. Apenas da para enfrentarse con lo que Macaulay llamaba la sucia tristeza de los pequeños apuros económicos. Y puesto que la limosna no da para acometer los empeños de la superación, pues ¡a vivir! Y así es como la vida modesta asegurada va enterrando poco a poco tantas posibilidades artísticas, literarias, científicas.


 Ha llegado para la gloria de Rafael Blanco la hora hipócrita de los ¡ah! y los ¡oh! necrológicos. Y hasta posiblemente la de los premios en los salones de humoristas que lleven por nombre el del original caricaturista desaparecido. Como si la originalidad de los unos sirviera de ponderación para los otros. En arte no deben haber premios que lleven el nombre de Mozart, de Lope, de Goya, de Heredia… No hay otra originalidad que pueda ser genérica, sino es la del laurel, el oro o el pergamino; símbolos a los que, para ir tirando, se les puede agregar un poco de dinero. En otras disciplinas la cosa es diferente; porque no se trata de crear, sino de superación. En Cuba hay algunos caricaturistas tan buenos como Rafael Blanco; pero no iguales. Pues la igualdad supondría parecido, imitación, copias. O desastre, ya que el idioma no permite decir desarte.  
 Rafael Blanco fue único. Afortunadamente para el arte cubano de la caricatura, uno de los únicos. Y a pesar de eso –y por lo que dicho queda- olvidado durante mucho tiempo. Casi desde su primera juventud hasta su última vejez.


 Diario de la Marina, 9 de agosto de 1955.



martes, 15 de agosto de 2017

"Caprichos" de Rafael Blanco



 Alumno de la Escuela de San Alejandro, se excedió a sus maestros en el manejo del lápiz, creando un género propio, de peculiar personalidad. Empezó su carrera dibujando, mejor dicho, creando caricaturas personales, en que el acierto, la novedad y el humorismo fueron sencillamente geniales. Su inspiración y talento artísticos buscaron pronto mayor campo donde espigar, y de la caricatura arbitraria pasó al cuadro de género, y sobresale como costumbrista del lápiz. En esos trabajos demostró originalidad, uniendo a los trazos satíricos un dramatismo humorístico que da a sus producciones singularidad. Si fuera a compararlo con uno de los humoristas en prosa, diría que es el Mark Twain del lápiz.
 Sus estudios y observaciones de sus viajes a Nueva York y México le han dado madurez, ampliado su horizonte mental y perfilado su habilidad artística. La Academia Nacional de Artes y Letras le premió con medalla de oro dos trabajos presentados en sus concursos. El Salón de Humoristas lo ha laureado también. En la actualidad desempeña el cargo de Inspector General de Dibujo de las escuelas públicas de Cuba. 





 José Manuel Carbonell: Evolución de la cultura cubana. Las bellas artes en Cuba, El Siglo XX, 1928. 

viernes, 11 de agosto de 2017

Arte & Artistas: Rafael Blanco




   Martín Casanovas

 Rafael Blanco, nuestro gran caricaturista, es, posiblemente,—cubano, esencialmente cubano, cubanísimo,—desde sus primeros pasos y los inicios de su obra, el único que sigue una norma contraria y obedece a distintos impulsos. Contra el lirismo, desbordante y vehemente, que caracteriza la obra y el esfuerzo de nuestra generación, Blanco, dotado de un sentido crítico formidable, y a la par, sabio administrador de los recursos expresivos de su arte, especula, consciente y deliberadamente sobre la materia de que se vale. Su obra, diciendo lo que quiere decir, pero nunca más de lo que pretende decir, es de una avara elocuencia,—avaricia que no implica pobreza, sino sabia y deliberada administración.—Nuestro caricaturista no es ciertamente, un anti-lírico, porque en su obra el sentimiento lírico contenido, sostenido, medido y ponderado, está latente y en tensión constante; es sí, un contra-lírico, que refrena ese lirismo y los impulsos de su temperamento vigoroso, para hacer de aquel la savia, fecunda y circulante, y la carnadura de su arte. No es pues, la actitud espiritual y emotiva de Rafael Blanco, una actitud refleja, sino reactiva. Cada uno de sus rasgos y todas y cada una de sus obras, responden a soluciones deliberadamente previstas y perseguidas, no a hallazgos fortuitos y afortunados.
 Y así, en su obra, la materia expresiva es parca, precisa y medida, sabiamente administrada, no usando más que aquella que estrictamente se requiere para decir y expresar aquello que se propone expresar. Nuestro artista sabe de antemano lo que va a decir, hasta donde pretende llegar, y cuál es su norte; ello le permite ahorrarse palabras y actitudes vanas, y le evita indecisiones, permitiéndole moverse dentro de una estricta y severa economía.  Y aun no siendo un ''fauve", describiéndonos con su arte, singular y paradójico, imágenes vivientes y concretas, de un objetivismo real y efectivo, no estados emocionales, elabora su obra según el postulado fauvista, dentro la máxima intensidad y con el mínimo esfuerzo, o sea, con la máxima economía posible de materia expresiva. De tal forma, que esa ley de economía, es, posiblemente, la nota más característica y sumamente peculiar y esencial del arte sin par de Rafael Blanco.
   

 Esta que podríamos calificar, por lo que se refiere a los asuntos y a la escenificación, serie cubana de su obra, serie que año tras año viene mostrándonos en los Salones de Humoristas, comienza el 1921. Antes de esa fecha, empero, Blanco prefiere y se da ya, con especial predilección a las escenas típicamente locales, de marcado sabor popular.
 Ingresó en la Escuela de San Alejandro en 1903. El 1912, en el entonces Ateneo y Círculo de la Habana celebra su primera exposición individual, con un centenar de caricaturas personales, mordaces y sagacísimas; el 1914 en la Academia de Artes y Letras, una segunda exposición con ciento cincuenta caricaturas. Pero abandona pronto ese género para darse al costumbrismo, —escenas populares, tipos callejeros, escenas del vivir cotidiano,—buscando en ellas y a través de ellas la revelación latente del alma popular y del sentimiento racial, y campo propicio a sus especulaciones y a su avidez, que superan, ciertamente, el interés anecdótico e inmediato de la caricatura personal. En el Salón de 1916, primero que se celebra en nuestra ciudad, Blanco presenta una serie reducida, pero valiosa, de apuntes costumbristas: Unos cartones recios, en los que el color, parco y avaro, es medido y administrado con sabia maestría y eficiente estrategia, sin darle más de lo estrictamente preciso e indispensable, y sin excederse a la cantidad requerida. Y no obstante esa avaricia y esa economía, el color se destaca en esas obras, con claridad diáfana, porque ese no es en ellos un recurso atributivo, sino que responde a una intención expresiva deliberada, e integra de una manera substancial el contenido propiamente expresivo, al par que emotivo, de aquella.   
 Ese costumbrismo, típicamente local, que iniciara con su aportación al Salón de 1916, Blanco, no ha de abandonarlo ya. Del 1918 al 1920, estudia en N. York; el 20 y 21, recorre México, seducido por la belleza, recia y franca, de su arte indígena. Pero, a través de las influencias y las sugestiones múltiples que esos viajes despiertan en él, ese tipismo, de un intenso y substancioso sabor popular, Blanco no lo abandonará ya, antes bien, se afirma en él, y en él afirma y justifica su intenso y profundo cubanismo.   
 Mas, he aquí una cuestión, que nos interesa dilucidar. El cubanismo de Rafael Blanco, ¿no será de índole argumental, de un localismo estrictamente geográfico e insular? ¿Estará en la superficie, y no en la entraña y el alma de su arte? ¿Será de orden escénico y descriptivo?
 He aquí el secreto y la piedra de toque, para el arte de Rafael Blanco. Detengamos, pues. (Seguirá.)


 Rafael Blanco tiene en su haber, como arma propicia y siempre favorablemente dispuesta, un sentido crítico agudo e intensísimo, que esgrime constantemente y que, siendo una de las características de su idiosincrasia, es, asimismo una de las características más propiamente esenciales de su arte. Su ironía, larga y sutil, silenciosa pero incisiva, cortante, e implacable, se refleja diáfanamente en su arte, burlón y guiñolesco, pese a su gravedad y a sus visos trágicos. Esta ironía, que tiene para todo y frente a todo una sátira, que responde a las sugestiones del medio no con un eco, sino con una réplica contundente, reactivamente y no de una manera pasiva, es la revelación fiel de ese don de crítica, que le da un control severo sobre sí mismo y sus cosas, un control cabal de sus facultades, y una noción precisa de su alcance y el de sus fuerzas. Blanco es, en efecto, un artista dotado, que sabe reprimirse; y para el artista dotado es más difícil y meritoria la economía que el exceso. Y esa virtud, alta virtud en el campo de la actividad artística, la tiene en su favor Rafael Blanco.
 En New York, estudió y acumuló material abundante, adquiriendo una experiencia sólida y substancial: Rápidos apuntes del natural, vivaces e intensos, una sabia ágil y copiosa labor de documentación académica, y a la postre, un repertorio inagotable de reserva. Toda una disciplina académica aprendida y conquistada fuera de toda disciplina y de toda norma, sin otro guía que su propia crítica y su autodidactismo. México, es para él una revelación, que gravitará, por su recia y vigorosa intensidad, por su enorme y substanciosa emotividad, sobre su futuro. Y ese repertorio, esa disciplina y esta rica experiencia, Rafael Blanco las pone al servicio de su ideal estético y desde entonces, cuando esas fuerzas afluyentes cuajan y dan su frutos, su cubanismo se manifestará y producirá de una manera más categórica y esencial; con menos alardes escénicos, con menos argumentaciones que anteriormente, pero con más decisión y firmeza en los propósitos y en la intención. Al través de sus aventuras y de sus romiajes nuestro gran caricaturista, permanecía fiel y sumiso a sus principios y fiel a sí mismo, sin deslumbrarse y sin claudicar. Salió de la prueba robustecido, con un cubanismo menos escénico y argumental, pero si más esencial y categórico. Y es que el cubanismo de Blanco arranca de las mismas raíces y la entraña misma de su arte. No es una actitud atributiva, sino esencial y especifica. Es en él y en su obra una actitud inicial e intencional. El cubanismo de Rafael Blanco es una cuestión previa, y sus escenas y toda la trama de su obra no son otra cosa sino la plasmación de su ideal artístico, y la acomodación de la realidad a un convencionalismo arbitrario y personalísimo, a un ritmo interior y completamente subjetivo, a su manera de ver y de expresarse.


 Rafael Blanco, caricaturista, es personalísimo, arbitrario y sumamente inteligente. Su visión es de un denso y trágico dramatismo, y ella es la que da a su obra un profundo interés emotivo y un contenido estético peculiar, y su tónica inconfundiblemente personal. De una imaginación fecunda y fantasiosa, avasalladora, Rafael Blanco ve el mundo a su manera, apasionadamente, y solo así lo concibe y lo tolera. Lo ve, y así nos lo describe, con implacable ironía, con ensañada curiosidad, con avara e irreductible intransigencia. Sea cual fuere el personaje y la escena que describe, aún aquellas más triviales e inofensivas y que por su escaso contenido argumental menos se prestan al comentario y a la sátira, palpita en ellas, a través de la visión de nuestro caricaturista, este espíritu de tragedia íntima y profunda, peculiar en él, dándole al personaje y a la escena un vigoroso e inusitado dramatismo.
 La caricatura, genérase por una ley de contraste. Contraste e incongruencia entre la idiosincrasia y la personalidad del protagonista, y el acto que este realiza o escena en que interviene; contraste disparatado entre la forma de realizar una acción y los medios que para ello se usan, y la acción en sí misma. Contraste, que provocan el dramatismo y la tragedia, tanto más acentuadas cuanto más se acentúen aquellas. Siempre, en las situaciones ridículas e hilarantes que el caricaturista provoca, palpita un fondo de tragedia, un drama sordo y callado.
  Y como tal, es la caricatura una posición deliberadamente crítica, una visión personal y arbitraria del mundo, que mueve los partes de la tragedia a su gusto, que se vale del convencionalismo de una trama disparatada obligando a ello a los protagonistas, y que, en consecuencia, describe el mundo no tal cual es, sino como el artista quiere que sea, o lo antoja; a su manera, arbitrariamente. Es en propiedad la caricatura, una realización escénica en la cual el caricaturista mueve a su gusto las cuerdas de la tragedia, provocando con ella la nota cómica y la hilaridad. De ahí el valor inmenso del arte caricaturesco de Rafael Blanco, grande entre los grandes de la caricatura moderna, que crea un mundo convencional y una humanidad facciosa y atrabiliaria que mueve con ensañada crueldad, tomando el mundo como un escenario gigantesco en el cual da vida a sus paradojas, y en el cual toman carne sus más fantasiosas y desbaratadas creaciones.
  No debe bastarle al caricaturista abrir sus ojos de par en par y soltar su mano. La caricatura, no puede ser ingenua, ni demasiado fácil, ni refugiarse en la leyenda, o pie de grabado so pena de no ser lo que pretende ser: Es, por el contrario, una actitud y una actividad esencialmente, necesariamente crítica. Y esa es la actitud de Rafael Blanco. Una actitud arbitraria, tendenciosa y parcial, que nos explica el intenso dramatismo de su obra, siendo este una consecuencia y una manifestación, obligada y necesaria, de su criticismo.    
 Criticismo que a su vez justifica y explica, el humorismo de Blanco, penetrante, incisivo, frío y cortante, por su mismo aplomo y su ensañada mordacidad. El valor caricaturesco de su obra no se apoya, meramente, en las deformidades que pueda descubrir y revelar, sino en su intención burlesca, en el propósito, es una actitud deliberada.
 Cuando acude al natural, Blanco sabe lo que va a buscar y a descubrir, y lo que ha de encontrarse: Busca en él elementos y escenificación para darle carnadura a su obra y darle vida: Busca en el mundo espacio y ambiente propicio para dar vida a sus maquinaciones, carne a sus fantasmas y escenarios donde moverlos, viendo reflejarse en la vida las imágenes atrabiliarias y fantasiosas que crea y alienta en su imaginación. El arte de Blanco, pues, se proyecta de dentro para afuera; es un arte inteligentísimo, de un recio cerebralismo previsto y preciso, que nada cede al azar y al hallazgo fortuito.
 De ahí, la claridad diáfana con que compone y distribuye las masas, la firmeza e inteligencia de sus rasgos, cada uno de los cuales constituye no un hallazgo, dado al correr del lápiz, sino una solución, estudiada y prevista. Antes de acudir al natural y situarse ante él, nuestro caricaturista, lleva ya construida y resuelta su obra y le entra con decisión, sabiendo de antemano lo que ella puede dar de sí, y previendo sus soluciones. De ahí, la clara y franca diafanidad con que se produce, la rigurosa firmeza y sabia administración de los recursos gráficos y expresivos de que se vale, y su persuasividad. Es, el arte de Rafael Blanco, un arte de suma inteligencia y de una enorme precisión.


 Igual firmeza e inteligencia se traduce en sus caricaturas personales, en las cuales él con Covarrubias, constituyen las figuras de más relieve y valor en nuestro Continente. Sus caricaturas, son realmente caricaturescas, ridículas, trágicas.
  Y así debe ser. Esencialmente arbitraria, la caricatura personal menosprecia determinados rasgos y peculiaridades individuales, o prescinde de todas ellas y del individuo mismo, ya sea para acentuar, especulativamente, algunos de aquellos, ya para crear otros rasgos y trazos completamente convencionales, esquemáticos y sumarísimos, en los cuales se concentra toda la intención crítica y el interés expresivo y burlesco de la caricatura. Es este un arte arbitrario, que tiene respecto al personaje caricaturizado una vida aparte, guardando con aquel un paralelo, una línea de equivalencia, pero siempre con valor y contenido propios.
 Así con las caricaturas de Rafael Blanco. Arbitrarias, trágicas, implacables. Hay en ellas algo más esencial y más inteligente que una mera deformación o acusación de determinados rasgos: Son sus caricaturas algo más que una mera exageración. Es una humanidad desconocida la que surge con ellas; una humanidad cómica, por su arbitrariedad, ridícula y estrafalaria, que tiene con las personas que caricaturiza, sus representantes y protagonistas. La caricatura de Rafael Blanco no es descriptiva, sino esencialmente arbitraria y sumarísima. En este género, arduo, por la suma facilidad con que se sucumbe a las exigencias anecdóticas del parecido individual, cuando no lo preside otra norma y otra guía que una mera exageración fisonómica, Blanco nos brinda un arte inteligentísimo, ponderado, intencionado y trágicamente burlesco.


 La obra de Rafael Blanco guarda en todos sus aspectos y relacionen una concordancia unánime y perfecta, y en ella, inteligentísima, todo tiene una plausible justificación. Su cubanismo explica su criticismo, y este, a su vez, explica y justifica su íntimo y profundo cubanismo. Blanco que usa donosamente del sofismo y la paradoja, que obliga a sus personajes a decir lo que él pretende que digan, que nos da del mundo una versión completamente personal y tendenciosa, con aires de tragedia: Que nos convence con sus embustes por el aplomo y la persuasividad con que nos los cuenta, es un artista cubanísimo, que pone sus pasiones y su persona en pugna abierta con la realidad, y proclama con su obra la supremacía de la inteligencia.
 El dramatismo vigoroso de su obra, es una proyección de su sentido crítico, y en consecuencia, una actitud consciente y deliberada, no fatal y biológica. En diversos tonos, se ha hecho referencia a una ascendencia goyesca en la obra de Rafael Blanco, no literal, pero sí en el propósito y en la intención inicial, erróneamente a nuestro parecer. Goya ve el mundo con el mismo acento trágico con que lo describe. Blanco lo describe tal cual lo forja en su imaginación. La tragedia goyesca en real y Goya fatalmente esclavo de ella; la de Blanco es una mueca maliciosa con que pretende turbar nuestra candidez y credulidad. Es la obra personalísima de un cubano, que como todos los de su raza goza de la vida, dichoso de vivir confiado a su suerte a la Providencia, seguro de su buena estrella, pero que maldice de todo y de sí mismo y está siempre en la oposición, porque desde ella las arengas y las requisitorias cobran un tono dramático apasionado, versátil, truculento.
 Y ese criticismo deliberado de nuestro gran caricaturista y lo que aquel significa para su arte singular y maravilloso, señala en nuestras artes, una valiosa conquista civil. Es una iniciación, cultural definida, ponqué responde a un propósito deliberado de revelación autóctona, conquista que ansiamos y anhelamos, con patriótico fervor, en todos los órdenes y todas las disciplinas de nuestra civilización incipientísima.

 Revista de Avance, Año I, Núm. 1, marzo 15, y, Núm. 2, marzo 30, 1927.
  

miércoles, 9 de agosto de 2017

Nuestros humoristas: Rafael Blanco




 Bernardo G. Barros

 Hace varios años se murmuró en los corrillos del Ateneo y junto a las mesas de los cafés, el nombre de un caricaturista joven que alardeaba de un estilo independiente, acaso no muy comprensible para los aficionados a las heroínas de Willette. Nuestra pobre actualidad artística le rindió agasajo. Los periódicos se poblaron de dibujos firmados por aquél. Y el público se detuvo frente a la rudeza de los contrastes que simplificaban la concepción fisonómica de los personajes caricaturados. 
 Días después, le conocí en la redacción de El Fígaro
 Al saludarnos me dedicó una sonrisa petulante que intentó disimular con un cordial apretón de manos. Hablamos poco. Sus miradas lo escudriñaban todo. Y en sus ademanes vivía el desparpajo natural del hombre que se siente convencido de su triunfo. Cuando nos despedimos apenas si exclamó: 
 –Rafael Blanco... un amigo para el porvenir... 
 Y su figura enjuta, algo despreocupada, me hizo pensar en un temperamento excepcional, capaz de todas las rebeldías y de todos los esfuerzos. 
 Desde entonces ¿cuál ha sido su labor? ¿Qué orientación señaló, entre nosotros, el arte de Forain y Caran d´Ache?... 
 He ahí, el propósito de este artículo. 

                                           
 Cuando en 1797 don Francisco de Goya y Lucientes, dio a la publicidad –bajo el título de “Los Caprichos”– su primera colección de aguafuertes, toda una sociedad que parecía dignificar la más pequeña amoralidad, sintió el calor de las impugnaciones condensadas en aquellos trabajos tan admirados por la factura –en donde predominaba la maestría del claro-obscuro– y por la original concepción de la sátira. El pintor que (como dice el inglés Muther) desdeñó “las reglas formuladas por el arte antiguo para el decorado de los templos”, se hacía más temible que cuando retrataba el espíritu de Carlos IV o la escandalosa coquetería de la reina María Luisa. Porque, removiendo la idiosincrasia de su época, iniciaba una labor de flagelo que habría de renovar después, en un sentido antimilitarista, con “Los desastres de la guerra”... 
 Esto dio lugar, mucho más tarde, a la creación de una escuela (tendencia más bien) que trataba de imponer, dentro del humorismo, la técnica de los Duendecitos, Linda maestra, y cuantos trabajos de igual clase realizó el autor de La Maja Vestida
 En España muchos caricaturistas y muchos fantaisistes se afiliaron a la tendencia reciente. Pero... tal vez porque el público no gustase de ella, o bien porque los discípulos fuesen poco aventajados, lo cierto es que se dejaron influenciar por otras facturas más sencillas y de mejores resultados prácticos. Actualmente, Sancha es una buena prueba de que la historia ha venido repitiéndose. Y también de que Francia ha encauzado dentro de su falsedad humorística de hoy, el gusto acomodaticio de todos los que anhelan conquistar, sin esfuerzos, sin luchas, el poderoso talismán de la vida contemporánea. Y ya sabes, lector, que el business... es el business
 Ahora bien: si te digo que Blanco es un sectario de la manera goyesca, comprenderás cómo no estuvo errada la opinión de los críticos que ensalzaron sus dotes de humorista revolucionario. 



 Blanco, por necesidad, por deliberación inconsciente, rechazó los trillados caminos que a la juventud señalaban los dibujantes del boulevard. No vio lo bello sino lo humano. No buscó lo pequeño, lo que otros detallan con esmero. Su imaginación abarcó la síntesis. De haber sido pintor, figuraría en la clasificación de los impresionistas. 
 Con estas condiciones que el tiempo ha fortalecido, se formó una personalidad inconfundible. Sus trabajos, llevados a cualquier revista europea, resaltarían inevitablemente. Sería un independiente. Porque su estilo es una concepción particular a través de las enseñanzas de Goya. 
 De ahí que no sea un caricaturista popular. 
 La popularidad supone compenetración del artista con el público. Y Blanco, mordaz, agresivo, no puede ser el enfant gáté de las muchedumbres. 
 Analizando sus trabajos, observando su comprensión fisonómica de los caricaturados, hallaremos el espíritu que ha sabido retratar con dos manchas y cinco trazos fundamentales. (Verdadero efecto que consigue desdeñando la geometría rebuscada). Y siempre tenaz, implacable, ha presentado al individuo tal como es, sin embellecerlo, sin evitar el gesto risible. 
 En esta disección ha realizado una nariz personalísima, o unos labios que sonríen con marcada benevolencia. Y hay algo primitivo –y a la vez complejo– en esos rostros que delatan una emoción, o en esos cuerpos afectados por la vida que se revuelve ante los ojos inquisitivos del artista. 
 Gran observador y gran comprensivo, acecha el momento culminante en que lo ridículo vence nuestra estética de máscaras cotidianas. Es un pesimista. Pero no un pesimista que elogia la revuelta melena de Schopenhaüer. No. Es un pesimista que, sonriendo cruelmente, nos dice: 
 –Hombres de letras, pensadores profundos, amanerados de salón... he buceado en vuestras almas y he estudiado vuestras caras... Y aquí os doy lo que he visto; lo que vosotros mismos reconoceréis con un examen de conciencia realizado frente a un espejo...

                                             
 He dicho que Blanco es el revolucionario de nuestro humorismo. 
 En efecto, él (y nadie más que él) rompió con lo convencional. La uniformidad rutinaria; el procedimiento sistemático de aceptar la línea con un valor prefijado; la observación temerosa que robaba personalidad; lo estable de esa observación hermana de un solo gesto cien veces repetido; todo lo que hablaba de talentos y condiciones supeditadas al mal gusto de unas cuantas personalidades confusas, pereció bajo el lápiz rudo –lleno de acometividad– que manejaba un artista verdadero. Blanco ajustó la vida a su técnica y a su manera de ver. 
 Únicamente las manos –eterno escollo de dibujantes y pintores– habrían de resistirse a su dominio. De ahí que sus tipos no posean unas manos correctas, que –sin llegar a la precisión característica de Luis Malteste– (dibujante perfecto y de escuela bien distinta) presenten un aspecto natural de conjunto. 
 En todo lo demás... es el mismo discípulo de Goya, que busca la impresión momentánea. 
 Unas veces la hallará en el compañero o en el amigo. Otras, a pleno sol, en una avenida sembrada de árboles sucesivos cuya fronda, retocada y espesa, simula el verdor de una franja constante... 
 Y así, de ese modo, ha sorprendido las escenas en que el realismo se cubre con el hondo bostezo de todo lo vulgar. 



 Una criandera rolliza que acompaña a dos tripudos muchachos, le sugiere un estudio original de contraste. La diurna procesión de las burras custodiadas por el cálculo de un hombre harto de luz y de ruido, le ofrecen –mientras se alejan calmosamente– un aspecto especial, propicio a ser tratado con la sencillez de un enfantillistè dominador del dibujo. Y Blanco lo hace. Mas, no como Rabier o Dépaquit, sino siguiendo el propio impulso que lo llevó a buscar lo que puede llamarse –paradójicamente hablando– el impresionismo de la línea... 
 Para estos alardes que merecen el encomio, no sólo ha elegido –naturalmente– el campo de la caricatura; sus cualidades entran de lleno en la fantasía, en la parodia, y en la sátira. Es un humorista que abarca todos los géneros, si bien es verdad que la mayor parte de sus trabajos delatan cierta propensión a mostrar el cansancio, y el oculto dolor de las vidas que se arrastran. 
 Ellos hacen reír y pensar. Porque encierran esa filosofía, nada convencional, que limitan las aceras de una calle o el tabique de un cuarto mugriento. 
 Lo cual no quiere decir que Blanco desdeñe otros asuntos. 
 Yo recuerdo un dibujo en que retrató de manera maestra, el profundo meditar de dos ajedrecistas calvos, abstraídos, y con un aire de personas trascendentales... 


 Pero su atención se detiene con más frecuencia en los mismos episodios naturales, imprevistos, que hicieron exclamar a Maupassant por boca de su Mr. Mongilet: 
 –¡Ah! Las cosas que se ven desde un ómnibus. Es un teatro; el verdadero, el genuino teatro de la naturaleza visto al trote de dos caballos.

 Julio, 1911

 El Fígaro, núm. 30, Año XXVII, La Habana, julio 23 de 1911, pp. 455-456.