lunes, 23 de enero de 2017

Adah Menken



 Enrique Piñeyro


 Formaban parte de una  compañía que vino de Nueva Orleans a trabajar en el teatro de Tacón dos hermanas bailarinas, the Theodore sisters, como se llamaban,  y Zenea, que a título de periodista entraba  libremente en los bastidores, conoció y trató  íntimamente a una de ellas. Era la misma que  con el nombre de Adah Menken había de alcanzar gran celebridad en Europa y América  representando dos piezas, Mazeppa en inglés, Los Piratas de la sabana en francés, en las  cuales vestida de punto, medio desnuda al parecer, ostentaba sus formas de estatua atada  sobre un caballo, que en el fondo del teatro  por practicables ingeniosamente dispuestos ascendía en galope furioso hasta perderse de  vista entre las bambalinas.

 No fue la Menken la mujer antojadiza o desenvuelta que esos y otros rasgos de su vida  naturalmente sugieren; tuvo siempre gustos y  aspiraciones de verdadera artista, escribió en  verso y prosa desde muy joven en periódicos  de Nueva Orleans y Cincinnati; en 1856, a los  veintiún años, pues nació según la versión más  acreditada en 1835 (1), publicó un tomo de versos titulados Memorias y firmados Indígena;  otro tomo en 1868, precedido en la edición de Londres del facsímile de una carta encomiástica de Carlos Dickens y de un retrato primorosamente grabado. Este pequeño volumen, hoy bastante raro, lleva como único título esta  palabra: Infelicia. A pesar de un estilo afectado y lenguaje a veces incorrecto, despierta  interés su lectura, y si todo lo que contiene  es de ella sola, como hoy parece probable, no  se puede menos de notar con emoción el acento de dolorosa tristeza con que alude en varios  lugares a las vicisitudes de su carrera y sus estériles agitaciones; sobre todo la poesía final, en que previendo ya cercano el fin de su existencia vuelve la mirada a lo pasado y se pregunta desolada dónde estaba todo lo que la vida en sus albores parecía haberle prometido.
 La mujer, insisto en ello, nada tuvo de vulgar, y cuantos la trataron guardaron de ella  elevada idea; vivió siempre en Londres y París rodeada de artistas eminentes: Dickens, Swinburne, Ch. Reade, Dumas padre, Th. Gautier,  varios otros. Todo eso y su muerte prematura,  en Agosto de 1868, a los treinta y tres años, de resultas de una pulmonía contraída durante los  ensayos de la pieza en que con grandes esperanzas de éxito debía volver a presentarse ante  el público de París, ha contribuido a mantener con algún lustre todavía la aureola que la curiosidad del público creó en torno de su  nombre. Fue enterrada conforme al rito judaico en la sección del cementerio del Padre-Lachaise reservada a los israelitas, y ella misma  dispuso la inscripción para su sepulcro, que  decía así: Thou knowest (2).

 Cuando más boga logró en París, durante las  representaciones de Los Piratas de la sabana,  drama de A. Bourgeois, para ella especialmente refundido, se publicaron muchas biografías de  la aplaudida actriz con datos por ella misma  facilitados, y en varias aparece Zenea como un  joven cubano que fue en la Habana su primer novio, con quien se paseaba del brazo en noches de luna por la plaza de Armas durante los conciertos militares, excitando de tal modo la admiración universal por su gracia y su belleza  que la llamaban la «Reina de la plaza» (3)  
 Cuando hizo Zenea su primer viaje a los Estados Unidos, la encontró otra vez en Nueva  Orleans, y en la silva a ella dedicada entre sus poesías, pues lleva al frente sus iniciales,  A. M., se adivina que al huir de la patria le  sonreía la idea de reunirse también con la  artista y con la maestra de dicción inglesa:
  
  Lanzaba un rayo tenue y azulado 
  La lámpara encubierta con un velo,
  Como un rayo de luna aprisionado
  En un vaso del cielo; 
  Y al lento fuego que en su hogar ardía, 
  Desprendida del barro de la tierra,
  Los versos mi adorada me decía
  Del trágico inmortal de la Inglaterra. 
  Trémula, acongojada, vacilante, 
  Como ansiando rasgar sus vestiduras, 
  Al seno palpitante 
  Llevaba en su dolor las manos puras. 
  Y adivinando el celestial deseo 
  De su pasión secreta. 
  Habló en mi joven corazón Romeo 
  Y entre mis brazos estreché á Julieta.

 No era la Menken mujer de extraordinaria belleza, pero las facciones expresivas de su rostro coronaban armoniosamente las líneas clásicas de su cuerpo. De tez mate, aunque  ligeramente pálida, parecía muy blanca de lejos por el contraste con sus obscuros cabellos; los ojos eran grandes y claros, que si a veces le imprimían aspecto de exagerada dureza, más a menudo le comunicaban algo de misterioso, de enigmático, que daba extraño realce al conjunto. El poeta los describe así:

   Del verde de las olas en reposo 
   El verde puro de sus ojos era, 
   Cuando tiñe su manto el bosque hojoso 
   Con sombras de esmeralda en la ribera.


 Residía en Méjico Zenea cuando le llegó la noticia de su temprana muerte. Al cabo de tantos años que la había perdido de vista, hasta el punto de ignorar su cambio de religión,  surgió de nuevo en su espíritu la brillante  imagen, y el tropel de recuerdos le inspiró esa  composición, que concluye con estos versos: 
 
  Y hoy sé !oh dolor! que ya despareciste, 
  Y que no quedan de tu amor ¡Dios mío
  Sino una tosca cruz y un sauce triste      
  Llorando a orillas de extranjero río; 
  Y que de pueblo en pueblo transitando 
  Contabas al pasar tu pesadumbre, 
  Ricas coronas de laurel hollando 
  Que arrojaba a tus pies la muchedumbre. 

La imagen no se borró de su alma ni aun en medio del horror de los últimos meses en la celda solitaria, y sin duda en la Menken pensaba al poner el mismo vocablo latino de la poetisa americana por título de la más larga de las luctuosas elegías del Diario de un mártir: “Infidelia”.  


 Notas

 (1) La Enciclopedia de biografía americana de Appletón, que en cuanto a personajes nacidos en los Estados Unidos suele ser muy exacta, dice que nació en la religión judía  y se llamaba Dolores Adiós Fuertes, hija de un israelita  español y de madre bordelesa. Pero lo cierto, conforme á la biografía que va al frente de la segunda edición de Infelicia (Londres, 1888), parece ser que se llamaba Adelaida Mac Gord, que era hija de un negociante británico y que nació el 15 de Junio de 1835 en Ghartrain, cerca de Nueva Orleans. Se casó en 1856 con un israelita, de profesión músico, Alexander Isaac Menken, de quien tomó el nombre y la religión.

 (2) La inscripción no se halla hoy sobre sus restos. Del Padre-Lachaise fue llevado el cadáver, cerca de un año después (abril de 1869), a una «concesión perpetua» del cementerio del Sud, o de Montparnasse, donde se encuentra. La lápida del sepulcro dice simplemente así:

     Adah Isaacs  Menken

     Born in Louisiana

     Died in Paris

     10 August 1868

 (3) Además de ese rasgo, que está en la edición inglesa, cuentan sus biógrafos franceses otros completamente fantásticos sobre su vida en Cuba; por ejemplo, que fue adoptada como hija por una opulenta señora de la Vuelta Abajo, la que le hizo abandonar el teatro y vivir como una  princesa, unas veces en la ciudad, otras en el campo.  Aunque la excéntrica dama le dejó, al morir poco después,  toda su fortuna, surgió tal nube de herederos «blancos, amarillos, cobrizos y negros», que fue anulado el testamento. Salió pues la Menken de la Habana tan pobre como  había entrado, y se encaminó a Texas, donde, según los mismos escritores, corrió aventuras estupendas. 

  Vida y escritos de Juan Clemente Zenea, París, Garnier Hermanos, 1901, pp. 17-22. 

 Imágenes: A los 19 años. Ilustración de Mazeppa Waltzes. Abrazada a Dumas. Posando para Charles D. Fredricks, N.Y., 1863. 
 

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