miércoles, 19 de julio de 2017

Vesania zahorí. Un apunte




  Pedro Marqués de Armas 

 La génesis de “Vesania zahorí”, los doce extravagantes sonetos con que José Zacarías Tallet anunciaba en 1921, a modo de parodia, el agotamiento del modernismo, la ha explicado el propio Tallet en dos escritos suyos que solo se conocerían ampliamente en 1979. 

 He dejado en entradas anteriores fragmentos de ambos textos, “Yo poeta” y “Autobiografía”, así como el soneto que da comienzo al cuaderno en cuestión, el titulado “Confiteor feérico”.

 Tal como el autor de La semilla estéril expresa, “Vesania zahorí” fue un juego, un ejercicio de exhibicionismo fonético con el que solo pretendía divertirse, tomándole el pelo al columnista de El Mundo, Billiken, quien por entonces arremetía patético contra algunos posmodernistas.

 Tallet lleva al límite el estilo ya de por sí liminal de la “Tertulia lunática” del uruguayo Herrera y Reissig. A un registro enigmático y exaltado, pero conseguido, responde con una sarta de jerigonzas burlescas, de matices lúbricos, donde cubanismos, latinismos, neologismos y citas cultas a la tremenda confluyen socarronamente, firmadas por un tal Dante Chateaubriand Fernández. 

 Quiso, en correspondencia con recuerdos de su adolescencia, y acaso para asegurarse de que aquella broma fuera tomada como tal, apelar a un “precursor inconsciente”. Fue así que dedicó los sonetos al célebre poeta matancero Seboruco, al que conociera en la década de 1910, si bien se limitó a citar las iniciales de su nombre: A. H. A. Como el libro en su conjunto, tal clave solo podía estar destinada a un grupo de poetas y pintores amigos.

 “Vesania zahorí” pudo perderse para siempre, por lo que integraría hoy ese catálogo siempre extensible de “pérdidas cubanas”. El manuscrito mecanografiado se extravió en manos del periodista español Manuel Aznar, y Tallet tuvo que reconstruir de memoria los sonetos, salvando algunos íntegramente y otros en parte, respecto al original.

 No se publicaron hasta 2007, a ocho décadas de creados, cuando Fernando Carr Parúas los incluye en el capítulo “De una broma a la fama”, de su enjundioso Cosas jocosas en poesía y prosa de José Zacarías Tallet; más tarde, en 2014, Alfredo Zaldívar los incorpora a su recopilación de poemas de Seboruco, Con mucha melancolía

 No existe aún, sin embargo, edición propia del cuaderno, a pesar de tratarse de una de las piezas más significativas de la poesía cubana, sobre todo, por su contraste con una tradición predominantemente seria y, a menudo, abismada en la falsa excelencia.  

 Tallet siempre supo, y así lo confesó, que aquellos estrafalarios sonetos abrieron el camino hacia su obra poética, la que se fragua a partir de 1923. 

 Tal vez la poesía “narrativa” más eficaz del tránsito hacia las vanguardias, toda ella inversión jocosa, aunque a ratos enfática, de los valores modernistas, en pos de un “principio de realidad” por el que más de una vez fue calificada de anti-poesía. 

 Leyendo desde la perspectiva actual estos sonetos, no puede uno sino inscribirlos en cierta tradición hispánica del disparate, pero también, y esto es clave, dentro de una retórica de la locura que destaca, paradójicamente, por su consciencia, esto es, por el intento de expresar, mediante un juego, algo que se sabe “inconfesable”. 

 En esa dirección apunta el título: demencia, frenesí, pero también perspicacia, clarividencia. 

 “Vesania” no solo parodia el estilo y el ritmo modernistas, sino que extrema esa parodia al tomar la “Tertulia Lunática” como referente, y al colocar a Seboruco en el pórtico. Si Lezama señala un parecido entre la “Tertulia” y “La Ronda” de Zequeira, por lo que tienen ambas de alucinadas, cabe también indicar lo que estos sonetos subvierten y, secretamente, controlan.

 La lista es larga y bastaría mencionar algunos lugares: el ingenuo orientalismo de “En la Hamaca” de Tejera, el satanismo desbordado de las “Excéntricas” de Byrne, buena parte del culto pictórico y formal –en última instancia, culto al sentido- propugnado por los posmodernistas, y tentativas como La Ruta de Bagdad, de Regino Pedroso, y esa inmersión en un rococó nacional que es el cansino La Zafra, de Agustín Acosta.

 Verdad que se trata, en el caso de los últimos, de libros posteriores, pero son justamente ellos los que indican el agotamiento del modernismo en Cuba. 

 El mismo año de “Vesania”, por fin Boti daba un giro a su escritura con El mar y la montaña, claro primer indicio de vanguardia. 

 Súmense las efusiones del “perdulario” Barba Jacob, y la falta, en ese justo momento, de un horizonte profano que asomaría solo con el segundo Martínez Villena, el malogrado autor de “Canción del sainete póstumo” (1923).

 No fue la última vez que Tallet parodió a Herrera y Reissig, a quien debe, claro está, la “revelación” del límite al que había llegado la producción de sentido, límite que era necesario “delatar” apelando al juego con los significantes y sometiendo todo exceso, toda locura metafórica (incluso una locura genial como la de "Tertulia"), a la prueba de la parodia. 

 Veamos, por ejemplo, su décima “Palabra vesánica”, donde la referencia al “precursor” Seboruco se instala en el último verso.

 Noche de ronda fañuca
 y de heterodoxos bretes
 noche de los peperetes,
 lóbrega noche fañuca.
 Escolopendra cayuca
 repleta gozosa y senil
 y la viuda de un mandril
 patidifuso y sarniento
 delira con triste acento:
 “sale el toro del toril”.

 Tallet siempre se proclamó “el más loco de los locos”, a la vez que padeció el conflicto de postergar la publicación de su obra y el todavía más acentuado de sentirse un “poeta vergonzante”. 

 El humor de buena parte de su poesía, y el de “Vesania zahorí” en particular, tiene en el soneto de Quevedo, “Al estilo de Góngora”, su antecedente más resuelto. Desde luego, caben en esta genealogía pedazos de Zequeira, la “Camelania espelucífica” de Pérez Zúñiga, y las holgadas cuartetas del vate matancero. 


2 comentarios:

Jose Prats Sariol dijo...

Excelente caracterización de la poesía del gran Tallet, cuya valoración meliorativa también inauguramos escritores de mi generación, como Wichi (El Rojo) Nogueras. El autor quizás debió referirse, como evidencia que apoya su argumentación, al Tallet cazador de erratas, sus "Gazapos" inolvidables, que le dieron una enorme popularidad en los círculos culturales del país Tuvo una capacidad de burla, de extrañamiento de sí mismo, que muchos admiramos y compartimos.

D.L. dijo...

Gracias, Prats, por el comentario. Sí, fue tu generación la que sacó a Tallet del silencio. Lo recuerdo en La Moderna Poesía, allá por 1981. Y claro, aunque no los tengo aquí (se publicaron, creo, en dos volúmenes), leía entonces los "Gazapos". Queda su poesía y su manera de leer, voz tremenda, en algunas grabaciones. Saludos, Pedro.